POR UN NUEVO PARADIGMA POLÍTICO

 

¿EXISTE UNA POLITICA PROPIA DE LA NEW AGE?

 

 

¿Es posible establecer un “nuevo paradigma” en el terreno de la política? ¿qué implica? ¿sobre qué valores puede fundamentarse la política en la Nueva Era? ¿El sistema socio-político actual responde al paradigma mecanicista nacido en el siglo XVIII? ¿Es cuestionable? A estas preguntas pretende responder el siguiente estudio…

 

DE LA CONTESTACION A LA NUEVA ERA

 

 

 

El movimiento norteamericano de la New Age estuvo originalmente ligado a los ambientes contraculturales y estos, a su vez, implicados en la protesta contra la guerra de Vietnam y la lucha por los derechos civiles.

Pero, a principios de los años setenta, Nixon llegó al poder amparado en un único slogan, “vietnamizar” la guerra, esto es, dejarla en manos de los propios indochinos; esto equivalía a retirar el contingente americano. Se dieron pasos en favor de la integración racial de las etnias de color. El casancio por años de militancia socio-política y la represión que afectó a los grupos más radicales (proceso a los “9 de Chicago” y desarticulación de los grupos más radicales) dió como resultado la extinción de la contracultura.

A ello siguió la necesaria reconversión de sus militantes. Desde 1970 era frecuente ver a antiguos contestatarios y radicales de izquierda sumarse a sectas neo-espirituales. El “Templo del Pueblo” del “reverendo” Jim Jones, había nacido en este ambiente, algunos líderes espirituales del “Hare Khrisna” militaron también en los grupos radicales de izquierdas y buena parte de los inspiradores intelectuales -incluido Allen Ginsberg- “espiritualizaron” su mensaje alternativo.

El reflujo de los movimientos sociales y políticos contestatarios tuvo como consecuencia un nuevo planteamiento que ha pasado a ser el “oficial” de la New Age: ya que no es posible transformar el mundo, dado que las resistencias al cambio son demasiado fuertes, preocupémonos solo de cambiar nosotros, en nuestra interioridad, adquirir una nueva perspectiva y una nueva visión y así, tarde o temprano, el mundo cambiará. Poco a poco se irá imponiendo el “nuevo paradigma”, no hará falta cambiar las estructuras porque lo que habremos hecho es cambiar a los hombres que las conducen.

Marilyn Fergusson dedica todo un capítulo de su libro “La conspiración de Acuario” a exponer estas tesis. Las cincuenta páginas que dedica al “Recto Poder”, dejan el sabor amargo de lo que es incompleto y, lo que es peor, ingenuo…

Aun en el supuesto de que el “cambio de conciencia” que prevee la New Age pudiera operarse ¿quedaría asegurada así la transición a nuevas formas de organización política, económica y social? Acaso los mecanismos de poder, con su capacidad cohercitiva y manipuladora, ¿no permanecerían en las mismas manos de quienes son representantes del “viejo paradigma” gracias al cual pueden seguir en una situación privilegiada?

DE LO COYUNTURAL Y LO ESTRUCTURAL

 

 

 

La New Age californiana ha extraído de Luther King lo esencial de su método de acción socio-política y éste, a su vez, lo calcó de Ghandi. Ghandi obtuvo la independencia nacional de un país en régimen colonial que, antes y después, de la independencia mantuvo intacta su sistema económico y en buena medida político, y lo único que ocurrió fue que la administración colonial quedó nacionalizada. Con todo, es inútil olvidar que en el proceso de independencia hindú hubo violencia y víctimas por ambas partes y que, aun hoy, frecuentemente, la India se ve sometida a las peores masacres inter-étnicas, religiosas y fratricidas.

En el caso hindú no hubo cambio alguno de paradigma, solo un proceso de descolonización. Pasar de ser una colonia a una nación independiente es algo relativamente simple: basta con calcar en la dimensión nacional las instituciones que ya existían en la metrópoli. Eso se hizo en la mayor parte de nuevos estados surgidos de la fiebre descolonizadora. El tránsito del “viejo” al “nuevo paradigma” político va más allá de un mero proceso de éste tipo. Un proceso de independencia nacional, un cambio de gobierno, la integración en una organización económica supranacional, una reforma constitucional, son apenas rectificaciones “coyunturales” que nada tienen que ver, en dimensión ni profundidad, con la reforma “estructural”, implícita en un nuevo paradigma político.

LAS COARTADAS IDEOLOGICAS DE LA NEW AGE

 

 

 

Ni la “interiorización” del proceso de cambio, ni el ejercicio de la “resistencia pacífica”, implican necesariamente el triunfo del “nuevo paradigma político”. Por lo demás, un proceso de cambio alternativo, por gradual y reformista que sea, siempre implica unos instantes de crisis: aquel en el que los viejos detentadores del poder y máximos beneficiarios del mismo, deben ceder sus privilegios a las nuevas formas políticas y sociales.

Y es inútil que la New Age intente eludir de manera idealista lo que siempre a lo largo de toda la historia de las ideas políticas y de los movimientos sociales, ha implicado un proceso de cambio alternativo: no hay ni un solo ejemplo en la historia en el que un proceso de este tipo se haya realizado de manera pacífica y expontánea. Y aunque la historia haya evolucionado -¿o quizás involucionado?- el hombre, su protagonista, sigue siendo el mismo. ¿Hay que recordar que nuestras democracias tienen como precedente esa gran masacre que fue la “Revolución Francesa”, al igual que la independencia americana lo estuvo sobre la guerra civil y el cristianismo triunfó al filo de la espada.

Toda posibilidad de cambio se ofrece a un alto precio: cuando un pueblo se enfrenta ante la disyuntiva de asumir un nuevo rumbo o persistir en el vigente, debe preguntarse qué costo está dispuesto a pagar. Porque en ocasiones el costo es demasiado alto y los beneficios no se ven inmediatamente, sino a lo largo de varias generaciones. Y, por lo demás, un cambio alternativo, siempre es un salto al vacío. A este respecto es ilustrativo aquel cuento de Bertol Brecht en el que un Buda se encuentra en una habitación en llamas, cuando estas empiezan a chamuscarle las cejas se asoma a la ventana y pregunta cómo es la vida afuera… quiere asegurarse que el futuro será más tibio que el presente. Así pues la “New Age” debe plantearse esta primera pregunta: si verdaderamente es un movimiento “holístico” como alardea, es decir, un movimiento que pretende abarcar la totalidad de las actividades humanas, ¿desea realizar propuestas políticas? No está claro que la respuesta sea unánime. Dada la diversidad de componentes que intervienen en la “New Age” caben repsuestas para todos los gustos.

¿Qué interés por la política pueden tener aquellos que reciben “mensajes canalizados” de otros mundos? ¿y aquellos otros que dicen que la salvación global viene de fuera, de Maitreya, de un gurú cualquiera o de un espíritu extra-terrestre? ¿o los que solo miran a su interior ante el miedo de ver el rostro del mundo que les rodea? ¿o los buscadores de ángeles?

No; solo unos pocos nombres propios de la “New Age” son conscientes de que el “cambio de paradigma” afectará también a las relaciones políticas. La política es un terreno comprometido: probablemente alguién será escuchado, e incluso nombrado doctor “honoris causa”, si defiende un nuevo tipo de psicología transpersonal o alude a las excelencias de la vida comunitaria en las verdes -y alejadas- praderas de Oregón, pero referirse a un cambio político y constitucional ya es otra cosa. En realidad, buena parte del movimiento “New Age” de aquí y de California, lo único que mira es por hacerse con una parcela del mercado del ocio y la intervención política puede resultar una mala inversión.

No es raro que quienes hoy proponen un cambio radical con seriedad y solidez, no sean, en su mayor parte, “newagers”, sino técnicos y expertos reunidos en foros internacionales; como el “Club de Roma”.

El “Club de Roma” en su último informe, “Los límites del crecimiento” dice en voz alta algo que ningún político se atreve a decir: el sistema socio-político actual está acabado y es suicida permanecer en la misma dirección de manera inercial y sin realizar cambios profundos. Pero estos cambios jamás podrán llegar de unas instituciones públicas cuyos gestores son precisamente los principales beneficiarios de la actual situación. Nadie intenta cambiar aquello que le es beneficioso. ¿Entonces? El pesimismo del Club de Roma es patente.

Así pues es lícito y necesario plantearse una intervención de tipo político. El hecho de que la “New Age” haya nacido en California en donde el stablishment socio-político es incuestionable, no quiere decir que, a este lado del océano, el problema no deba plantearse. Por qué la “New Age” es algo más que una Louise Hay y sus soluciones simplistas, o los mensajes de tal o cual iluminado o unos cursos de autorealización personal por correspondencia, o el extraterrestre de todos los meses. La “New Age” es una posibilidad de cambio. Una alternativa global.

EL VIEJO PARADIGMA MECANICISTA EN LO POLITICO

 

 

 

Ni Frithoj Capra ni Marilyn Fergusson, ni mucho menos David Spangler, todos ellos primeros espadas de la “New Age” en versón americana, rematan al toro del “nuevo paradigma político”. A decir verdad ni siquiera entrar a definir cómo se traducía el paradigma mecanicista en lo político.

Ahí radica lo problemático del análisis. Formado a lo largo del siglo XVIII, el paradigma político actual nació en las logias masónicas norteamericanas, se curtió en la guerra de la independencia y adquirió el rango de ley fundamental en la Declaración de Independencia. Pocas décadas después llegó a Europa, fue ilustrado por los paladines del Enciclopedismo y recibió a Benjamín Franklin como misionero de la nueva idea y su embajador en París. El paradigma se coaguló en tres palabras: Libertad, Igualdad y Fraternidad.

Estas se tradujeron en términos de organización del Estado: no se consideró el poder como una Unidad sino como tres “mecanismos” diferentes; de aquí deriva la teoría de Montesquieu sobre los tres poderes, legislativo, ejecutivo y judicial. Cada función se consideraba separada de las otras, al igual que, en la misma época, el hombre y la naturaleza dejaron de ser considerados como una unidad para ser observados en cada una de sus partes, aisladas de las demás.

Así, el conjunto político aparece como una máquina, formada por mecanismos independientes, en una traducción simétrica y perfecta de la concepción mecanicista del cosmos, de la biología o del ser humano que, tanto y tan bien, critican Capra y la Fergusson en sus libros. Pero buscaríamos inútilmente una sola palabra trasladando esa misma crítica a la política, algo que se impone por sí mismo.

EL VIEJO PARADIGMA Y LA LIBERTAD

 

 

 

El paradigma que se impuso hace 250 años en Occidente hace de la “libertad” su ley principal y su gran equívoco. Se tienen en cuenta solamente libertades funcionales y aplicativas, pero se niega cualquier definición o concepción superior de la libertad. Y ese olvido ha pesado como una losa durante esta última etapa de civilización.

Según el actual paradigma político un hombre sometido a unas leyes justas, con unos representantes elegidos justamente, es un hombre libre. Pero, basta meditar un poco para advertir que no es así; ni siquiera el razonamiento anarquista, derivado de una extremización de estos conceptos es más válido. Un náufrago en una isla desierta, sin leyes, sin estructuras de poder, sin jerarquías opresivas, no tiene por qué ser necesariamente un hombre libre. Puede perfectamente ser un tirano de sí mismo, estar sometido a sus bajos instintos y pasiones, a sus pensamientos más aberrantes, y en este caso, su libertad será limitada por su propio ser y naturaleza.

La libertad para el nuevo paradigma se realiza en la capacidad de dominio del hombre sobre sí mismo. Si el miedo o la ira pueden limitar nuestra libertad y nuestra capacidad de opción, será evidente que solo es libre aquel que sea dueño de sí mismo.

Este concepto de libertad es metafísico, válido en el universo de la Unidad, en el mundo de las ideas; pero al descender al terreno de lo físico, de lo cotidiano, lo sometido al reino de la Dualidad, se produce un cambio de perspectiva. No existe una libertad sino dos tipos de libertades, las positivas (reunión, manifestación, expresión) y las negativas (la de matar, robar, etc.). Toda colectividad humana para organizarse y sobrevivir debe limitar estas libertades contingentes. Y esto implica la existencia de Autoridad y Poder.

El “viejo paradigma”, al no entender la noción trascendente y metafísica de libertad, vive en el mundo de la dualidad que solamente puede reglamentarse y regirse mediante más y más leyes. De hecho nuestros parlamentos (europeo, autonómico, estatal, senados, ayuntamientos), dictan día tras día leyes, decretos, circulares, órdenes, que intentan algo que progresivamente se escapa a las instituciones: regular todas las actividades humanas. El viejo paradigma político -mecanicista hasta la médula- piensa que la sociedad se puede ordenar y mantener como un automóvil, acudiendo constantemente al manual del usuario, esto es, a los mecanismos legislativos..

Finalmente, dado que el hombre es considerado solo como consumidor y productor -todo en el mundo moderno gira en torno a la idea de “mercado”-, el viejo paradigma socio-político intenta satisfacer solamente sus necesidades materiales. Pero ¿acaso hemos olvidado que el hombre es un “continuum” de cuerpo, alma y espíritu y que el Estado debe servir a esa totalidad holística y por tanto debe tener un reflejo de esa misma constitución de lo humano? El nuevo paradigma debe superar y completar, en un sentido ascendente, el actual concepto de libertad.

EL BINOMIO IGUALDAD-JERARQUIA

 

 

 

El segundo lema del viejo paradigma es “igualdad”. Desde el punto de vista metafísico la igualdad es algo inexistente. Si dos objetos o personas son completamente iguales, no son dos sino una sola. Si algo es completamente igual a algo es que está desprovisto de lo que en metafísica se llama “principio de razón suficiente”: aquello que da sentido y personalidad a un elemento distinguiéndolo de los demás.

Los Estados modernos han logrado la igualdad en tanto que han masificado y adocenado a sus poblaciones. Las grandes masas anónimas de la modernidad están privadas de “razón suficiente”. Y solo desde este punto de vista se ha realizado el principio igualitario. Al ser tomados los sujetos como “magnitudes iguales” es posible medirlas mediante la aplicación de la ley del número. ¿Y el factor cualitativo? ¿No decía acaso Ghandi que “No son los números lo que cuentan sino la cualidad. Yo no considero necesaria la fuerza de los números en una causa justa”. La actual ordenación socio-política nos puede llevar a la paradoja de que, por virtud de la ley del número, 49 Premios Nóbel quedarían en minoría frente a 51 asesinos psicópatas que, amparados en su mayoría numérica, obtendrían “legitimación”. Lo cuestionable de la ley del número es que, contra más complejo es un problema, menos gente está en condiciones de aportar soluciones.

Somos “relativamente” iguales, no “exactamente” iguales. Pero el sistema socio-político nos considera de esta segunda forma. El mito igualitario aparece en la historia con el cristianismo y el monoteismo. Para los seguidores de Cristo, la igualdad apareció en un estadio teológico: “todos somos iguales ante Dios”. Pero luego, en el viejo paradigma, el concepto descendió al terreno filosófico: todos somos iguales ante la ley. Religión del “desierto”, el cristianismo se enfrentó al politeismo pagano. Este tenía dioses para el clan, para la familia, para la ciudad, para el Estado, existía una relación “comunitaria” del hombre con sus dioses, en tanto que pertenecía a los distintos organismos en los que se estructuraba la sociedad pagana. Pero el monoteismo crea un dios para todos y afirma una vía individual y una esperanza de salvación para cada ser. Lo comunitario desaparece y en su lugar aparece lo individual. El triunfo del mito igualitario sería imposible sin la existencia de dos mil años de mensaje cristiano que estableció lo igualitario en el nivel teológico preparando el camino para que otros lo descendieran al nivel filosófico y, más tarde, al político-social. El propio cristianismo debió defenderse ante el extremismo igualitario; de esa defensa nació el catolicismo.

¿Cuál es la alternativa al igualitarismo? La jerarquía. No hay otra. Ahora bien, aquí es preciso matizar lo que se entiende por jerarquía. Si tenemos siempre presente la noción de libertad metafísica definida anteriormente, el concepto de jerarquía es subyacente. La mayor o menor realización del ideal de libertad, la proximidad o alejamiento a él, establece los distintos niveles de jerarquía. Está claro que ninguna otra jerarquía es admisible, ningún otro principio del mando que no se sustente en la superioridad espiritual de unos sobre otros. ¿Y cómo se reconoce tal superioridad? En una sociedad “normal”, se impone por sí misma. Siempre que ha existido tal orden jerárquico logró establecerse sin violencia. El exiguo número de brahamanes hindúes hubiera podido ser anegado fácilmente por cualquiera otra de las castas, sin embargo logró situarse durante siglos en la cúspide jerárquica. Roma fue solo una pequeña ciuda en medio de un gran imperio. No es el número el que otorga poder, sino la cualidad.

Quien dice jerarquía dice complementareidad y ejemplificación. Los escalones más bajos del sistema jerárquico deben encontrar un ejemplo a seguir y un complemento en los niveles superiores, constituyendo el conjunto una pirámide orgánica y ordenada.

Contrariamente a lo que se entiende hoy por “normal”, en otro tiempo, el poder espiritual y temporal no estuvieron divorciados. Los fundamentos de tal ruptura derivan de la interpretación textual de la palabra crística: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Hasta ese momento el poder espiritual y el poder temporal habían permanecido unidos, aquel justificaba a éste. Nuevamente, gracias al catolicismo y mientras éste tuvo la iniciativa, se superó la disrupción, si bien, ésta no dejó de reaparecer (guelfos contra gibelinos en Italia, templarios contra la monarquía francesa, etc.).

El “viejo paradigma” buscó legitimar el poder, en el “demos” (agregado de individuos iguales) y en la ley del número. La abolición de toda noción de Jerarquía, hizo que, finalmente no existiera más jerarquía que la derivada del dinero. Y en eso está nuestra sociedad con su viejo paradigma político, laico y mecanicista.

Es hora de regresar a un modelo nuevo holístico, derivado de la adaptación de los conceptos Orden, Libertad, Jerarquía, que surgirán de los temas propios de la Era de Acuario. Acuario, la Humanidad, tiene su complementario en Leo, el signo de la Jerarquía, por excelencia. Tal será la concepción del “Recto Poder”.

 

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