RENACIENDO DE SU PROPIA MUERTE

EL FENIX

SIMBOLO OCULTO DE INICIACIÓN

 

“Habita esta selva, estos bosques sagrados, el ave fénix, sola y única que vive saliendo rehecha de su propia muerte”. De Ave Phoenice.

El Ave Fénix de la mitología clásica es algo más que un mito poético o una ingenua leyenda sumergida en ese bosque de leyendas que es la literatura clásica. En realidad, una mitología arraigada en el subconsciente colectivo de un pueblo, entraña necesariamente una enseñanza sin la cual ese pueblo no hubiera podido desarrollar sus potencialidades. Mitología implica necesariamente, iniciación y una iniciación es el acto mediante el cual, posibilidades latentes en el ser humano, pasan del estadio de potencia al de acto. De entre todas las leyendas mitológicas que el mundo clásico nos ha legado, la del Ave Fénix es, sin duda, la de un mayor y más rotundo contenido iniciático. Se trata, por lo demás, de un mito universal nacido del vector más puro de la tradición egipcia, pero que tiene también manifestaciones de increíble similitud en India y China.

El ave que renace de su propia muerte nos indica cómo era una parte de la estructura mental de nuestros ancestros y de las culturas clásicas de las que el Occidente moderno es hijo. Conocerlo puede facilitar el retorno a los orígenes es, quizás, la forma más drástica de superar la actual crisis de identidad y pérdida de valores que experimenta nuestro entorno cultural en este límite del milenio.

FISONOMIA DEL AVE INMORTAL

El Fénix es descrita por muchos autores clásicos con una precisión tal que se diría que han podido contemplarla en estado de máximo arrobamiento o en el curso de éxtasis místicos. Así se comprende que las descripciones no sean completamente coincidentes, sino que cada autor coloque un matiz propio que otros no recogen, o simplemente, que, aparezcan sensibles modificaciones a lo aportado por autores anteriores. Sin embargo una serie de características son comunes. Todos coinciden, por ejemplo, en los destellos desprendidos por el cuerpo del ave y su plumaje que admiten es de oro rojizo. Tácito dice que, solo por sus plumas, el Fénix puede distinguirse fácilmente de cualquier otra ave. Lactancio le atribuye un color rojo azafrán con un pico de aspecto similar a una gema o formado por piedras preciosas. Las plumas muestran irisaciones blancas, verde esmeralda y marfil. Igualmente, todos describen las garras como enormes y rojas.

Una aureola solar corona la cabeza del ave. Aquiles Tacio, autor latino afirma que el Fénix se precia de tener al Sol por señor y Lactancio en el famoso poema “De ave Phoenice”, afirma que tiene por corona los rayos del astro rey. Claudiano percibe en sus ojos, lo que describe como “brillo misterioso” y que el propio Lactancio compara a “jacintos azules de gran fulgor”. Otro autor clásico, Solino, en su “Recopilación de acontecimientos memorables”, dice que el cuello del ave despide un “dorado resplandor”. Esta solaridad está incluso presente en sus patas que son para Lactancio, doradas y para Claudiano, purpúreas, mientras que otros autores las describen de color naranja de sandácara. Al moverse muestra una gran dignidad y altivez. Ezequiel, el profeta judío, dice que su andar es “altivo como un toro y ágil, como si el cuerpo no le pesara”.

Lo más notable es su sexo. Macho y hembra a la vez, los autores griegos y romanos lo definen como hermatrodita. Plinio afirma sin dudarlo que “un dios le concedió renacer de sí mismo sin lazos que aten a Venus”.

No hay otro animal ni ave como el Fénix. San Eusebio al hablar de sus dimensiones dice que es dos veces más grande que la mayor de las aves, el águila. Otros comparan su belleza a la del pavo real. El mismo Plinio la quiere aproximar al faisán del que dice que el moño que muestran en la cabeza es similar a la cresta del Fénix. Lactancio en el poema, la compara al Arco Iris, diciendo que fue la misma diosa quien coloreó a la vez el arco que lleva su nombre y las plumas del Fénix.

Algunos autores resaltan los misteriosos y sutiles tonos de su canto que comparan al del mejor ruiseñor que canta en el Paraíso. Algún autor latino que ha oído hablar del cátedro, la ave solar hindú, establece paralelismos entre los dos animales en función del armonioso canto de ambos. El Fénix, posado en lo alto de un árbol, despide una musicalidad tan alta y clara que la escucha el bosque entero. En las auroras, espera en lo alto de la copa del árbol sagrado, mirando hacia el Este, el lugar donde nace el Sol; cuando despuntan los primeros rayos entona un canto que hace palidecer al del gallo. Las noticias sobre las bondades musicales del Fénix llegaron incluso hasta China, donde existió el cheng, instrumento de música en forma de Fénix, que intenta pálidamente reproducir el canto del ave.

EL AVE DEL PARAISO

Los autores no están de acuerdo sobre la morada de este ave. Para Tácito y Heródoto su lugar de residencia es Arabia, para Arístides y Ausonio, la India. Los poetas Ovidio y Marcial la sitúan en Asiria y Lactancio, tan concreto en otras ocasiones, se limita aquí a indicar un vago “Oriente”. Son varios los autores que mencionan a Etiopía que nada tiene que ver con el actual país africano, refiriéndose a una zona comprendida entre el Tigris y el Eufrates, bañada por las costas del Mar Negro.

Frecuentemente el nombre de Heliópolis (la “ciudad del Sol”) aparece en los relatos. Se dice, por ejemplo que cuando muere su padre, lo sepulta en Heliópolis, o que -como cuenta Heródoto- cada quinientos años aparecía en la ciudad. Otros afirman que el Fénix se inmola precisamente en el Templo del Sol de Heliópolis. Pero sería necesario investigar los contenidos de esa ciudad maravillosa -que nada tiene que ver con la ciudad real que algún día existió con ese nombre en Egipto- para que podamos calibrar el sentido de la frase.

Lactancio, por ejemplo, nos dice que en ese país hay ausencia de mal y cualquier acto que realizan los hombres es bueno y elevado; en aquel lugar, una llanura elevada, no existe sufrimiento para el cuerpo ni para el espíritu. El lugar es equiparable al Paraíso judeo-cristiano, a los Campos Elíseos descritos por Homero en donde reina la paz del espíritu y una serenidad sin límite o a la Isla de los Bienaventurados. Quintiliano llega incluso a describir el lugar como si hubiera viajado a él; lo llama lugar de bienaventuranza (“locurum amoenitas”), con agradables bosques y ríos, peinado por una brisa suave, donde el canto de los pájaros es tan melodioso que produce un placer extático. La virtud está presente en el lugar y quienes lo habitan se guían por una idea innata de justicia y una equilibrada templanza. Ovidio sitúa una fuente en el centro del lugar, al pié del monte Elíseo y cerca de ella el lugar de residencia del Fénix. En el Elíseo jamás llueve ni nieva, pero, aun así, la fertilidad es proverbial gracias a la fuente de vida que lo alimenta todo. Nos dice también que crecen “melones”, palabra que para los griegos tenía dos acepciones: cualquier fruta y el árbol de frutos dorados.

En esos Campos Elíseos vive la raza de los héroes de la que Hesíodo nos dice que fue creada por los dioses en tiempos de la guerra de Troya. Hesíodo, en “Los Trabajos y los Días”, presenta una cosmogonía de la decadencia en cuatro fases cíclicas: la Edad de Oro, o edad de los dioses donde el hombre era igual a ellos; la Edad de Plata en la que se pierde el contacto directo con la trascendencia y la casta sacerdotal -mediadores entre el hombre y Dios- es hegemónica; luego la Edad de Cobre o edad de los guerreros y, finalmente, la Edad del Hierro, fase final de decadencia y desintegración. Pero entre estas dos últimas, Hesíodo sitúa la Edad de los Héroes. Gracias al ascesis heroico y a la “prueba iniciática” el hombre de las dos últimas edades tiene la posibilidad de reintegrarse en la edad primordial, la Edad de Oro. Quienes lo consiguen tienen en el Elíseo su morada. Y sobre ellos, eternamente, revolotea el Fénix.

LA ESTRUCTURA DEL MITO

La leyenda mitológica cuenta que un ave, de nombre Fénix, moría en medio de plantas aromáticas para resucitar luego con plumas que reflejaban los colores del sol. Esta estructura central tiene distintos elementos que lo van enriqueciendo, la mayoría de los cuales se integran en el mismo significado simbólico y, en otros casos, se trata de errores de comprensión fácilmente perceptibles. Así, por ejemplo, Artemidoro de Daldis cuenta que un pintor egipcio que solía representar al fénix era tan pobre que, tras la muerte de su padre, se vio obligado a llevar el cadáver a sus espaldas para darle sepultura. La dificultad en “enterrar al padre” deriva de en una mala lectura de la leyenda realizada por Artemidoro: el Fénix carece de padre y de generación alguna. La generalidad de los autores, afirma que, de las cenizas del Fénix nace un gusano que va creciendo hasta convertirse en un nuevo pájaro que, una vez adulto, emprende el vuelo y regresa a su morada.

Detengámonos aquí: el ave renace en virtud de su muerte; cuando se siente anciano recoge plantas aromáticas y forma un nido en el que muere; de los restos nace un gusano que genera la nueva ave. Esta, una vez adulta, vuela a Heliópolis. Resulta evidente que el eje central del tema es el binomio “muerte-renacimiento” que remite a la estructura central de todo sistema iniciático: para que una ceremonia de iniciación produzca efecto, el “hombre viejo” debe morir y, en su lugar, debe aparecer un nuevo alumbrado, un hombre renacido, un “hombre nuevo”, en definitiva. En el proceso iniciático, como en la vida del Fénix, existe un antes y un después de la muerte simbólica: en el “antes” el ser está caracterizado por el agotamiento de sus posibilidades, el ocaso y la crisis existencial; en el “después” todo se renueva y torna joven y vivo.

A esta estructura central, los distintos autores añaden detalles no carentes de importancia. Hay que insistir en que el mito no es una imagen gratuita creada como un autor crea una relato literario. El mito dramatiza una experiencia interior y, de la misma forma que, durante un sueño, distintas personas sometidas a los mismos estímulos, los metabolizan y dan a cada visión onírica unos contenidos particulares, los autores clásicos que han aludido a mitologías, suelen haber tenido esas visiones interiores, sorprendentemente iguales, pero, al mismo tiempo, muy personalizadas. Ovidio, por ejemplo, afirma que la edad del Fénix es de 500 años, pero Plinio la sube hasta 540 años como el Heliodromo, el ave mensajera del Sol). Tácito eleva la edad del Fénix a 1461 años cumplidos los cuales se encierra en su nido situado en lo alto de una palmera, confeccionado con ramas aromáticas (casia, nardo, cinamono, mirra) y muere en medio de éstas derramando sobre sí mismo “la fuerza genital”. El muy católico San Epifanio de Salamina, afirma que el fénix, antes de morir, se golpea el pecho con sus garras hasta hacer salir fuego de las entrañas; ésta llama enciende la leña que le ha de abrasar. Antes de que todo quede reducido a cenizas, Dios hace aparecer una nube cuya lluvia apaga la llama; los restos generarán, al día siguiente, un gusano del que nacerá de nuevo el Fénix..

Plinio afirma que las cenizas del ave contienen virtudes curativas y regenerativas que constituyen una verdadera “medicina universal”. Horapolo el griego, aporta un nuevo matiz atribuyendo la cualidad fecundadora a la sangre del ave. Al sentir, nos dice, como le llega la muerte, se echa en el suelo y se hiere en el vientre; la sangre que mana fecunda la tierra y de ella nacerá el nuevo Fénix que acompaña a su padre, aun vivo, a morir en Egipto a la salida del Sol. Aquiles Tacio modifica el relato de Horapolo sosteniendo de manera insensata que el nuevo Fénix cuida de la sepultura de su anterior encarnación en el Nilo y para ello deposita el cadáver en un hueco excavado adrede en el tronco de un árbol de mirra que luego tapa con tierra.

Todos estos matices no hacen sino abundar en los mismos significados simbólicos: muerte-resurrección, solaridad, paraíso…

CONTENIDO INICIÁTICO

Los lingüistas de un lado y la tradición esotérica de otro, han hecho descender el nombre de Fénix del término griego “phoinix” al que se le dan tres acepciones: la primera alude a los nativos de Fenicia, país situado al Este del Mediterráneo; la segunda la emparenta con el color púrpura y la tercera con palmera. Para los latinos, se aludía a los naturales de Fenicia y a las palmeras y, posteriormente, San Isidoro de Sevilla, por el contrario, demostrando conocer la acepción que remite al color púrpura, lo emparenta con la realeza. Los tres sentidos, sin embargo, son coincidentes: se alude a Fenicia, situada en el Este, por que es allí por donde sale el Sol; el color púrpura es el color de Zeus y de los dioses del Olimpo, y la palmera, por su parte, es un árbol sagrado de Oriente gracias a su forma | vertical que luego se abre, desparramando sus ramas como si fueran rayos del Sol. Los mismos templarios habían conocido este último significado, integrándolo en su gnosis. Era frecuente que las capillas templarias tuvieran forma circular y la bóveda estuviera sostenida por una columna central llamada Arbol o Palmera de la Vida. Era justo encima de esa columna donde los templarios situaban un pequeño habitáculo en el interior del cual meditaban en soledad antes y después de su iniciación en el capítulo secreto de la Orden. Estos lugares aun son visibles en muchas capillas templarias.

Fenicia, la palmera y el color púrpura, indicaban solaridad, ascesis, dignidad regia (es decir, dignidad solar), remitiendo en su conjunto al concepto de iniciación. Es significativo que Claudiano compare el Fénix a otro elemento situado en la misma línea simbólica, el pino, igualmente símbolo solar y de peremnidad, al no perder jamás sus hojas. Claudiano llega incluso a comparar los achaques del Fénix a los del pino cuya muerte se produce en tres fases; una parte del pino es derribada por los ataques del viento, otra se desgaja por acción de la lluvia que pudre sus entrañas y la última se rinde por efecto del tiempo. El fénix sufre agotamiento parecido. Nada más empieza a ver debilitadas sus alas que apenas le permiten ya levantar el vuelo, cuando su vista se atenúa, nuestra ave siente que le viene la muerte e inicia la construcción de su nido.

Para Dionisio la cremación tiene lugar en la cima de una elevada montaña en una roca alta, lugar que, por su elevación y proximidad a los dioses, tiene dignidad real. Pero la opinión general es que va al Paraíso a buscar plantas aromáticas entre las que se citan el cinamono, el bálsamo, la casia, el acanto, las lágrimas de incienso, las tiernas espigas de nardo, la mirra y la panacea. En Grecia el lecho de los difuntos se adornaba con hojas de olivo, apio y coronas de flores, entre ellas el cinamono, considerada como la planta aromática que mejor arde y que, por tanto, está consagrada al sol. Plinio, siempre piadoso, recuerda que solo puede recogerse cinamono con permiso de la divinidad y tras un gran sacrificio, cuando el Sol no está presente en el firmamento.

Es innegable que el mito del Fénix está íntimamente ligado a una ciencia sagrada de carácter iniciático: la alquimia. Cómo se sabe, el fin último de la alquimia es la regeneración del compuesto humano y su reintegración en el estado edénico primordial. La primera fase de los trabajos alquímicos recibe el nombre de “putrefactio” o mortificación de la cual se extrae un compuesto que, en una segunda fase aviva el fuego interior del ser humano capaz de llevarlo al estado trascendente de identificación con la divinidad. El catalizador que provoca esta transmutación se obtiene directamente de la putrefacción de la materia primera en la primera fase de la Obra Hermética. El fuego tiene un papel preponderante en todos estos procesos. A la luz de estos datos el símbolo del Ave Fénix adquiere un nuevo sentido: nos está definiendo lo esencial del proceso de regeneración alquímico.

Dice la tradición del Fénix que dentro del nido espera la cremación. Una vez muerta, el ave empieza a descomponerse y el líquido formado por la putrefacción de los miembros impregna la totalidad del ave, lo que da origen a un gusano de cuya metamórfosis saldrá un nuevo fénix. El cuerpo muerto se calienta de tal forma que llega a producirse una llama. Así pues, el “líquido salido de la putrefacción” del Fénix es el catalizador que los alquimistas llamaban “piedra filosofal” que provocaba la regeneración del sujeto o bien facilitaba la transmutación del plomo en oro. Fénix y piedra filosofal encierran en sí mismas, milagro y capacidad regenerativa.

Lactancio en su poema comenta que el Fénix, llegado a la madurez, deja de ingerir alimento; el aire y el calor le bastan para sobrevivir. Al despuntar el alba y cuando las estrellas comienzan a palidecer, sumerge tres o cuatro veces su cuerpo en el agua sagrada de la fuente situada en el centro del Elíseo y bebe tres o cuatro sorbos de esta agua viva. El hecho de que el Fénix tenga un carácter andrógino, es otro elemento hermético extrapolado al mito, pues no en vano, la materia prima destilada en el horno de fusión de los alquimistas es masculina y femenina, activa y pasiva, a la vez.

UNIVERSALIDAD DEL MITO

A ningún mitólogo se le ha escapado el hecho de que el mito del Fénix procedía de Egipto en donde ya había adquirido una forma extraordinariamente próxima al redactado griego. En la tierra del Nilo, el ave recibía el nombre de Bennu y estaba asociado al Sol y a las crecidas del gran río, elementos que lo vinculaban a la regeneración y la vida. Ya en Egipto su templo estaba situado en Heliópolis. Las efigies de Bennu se colocan en la proa, en forma de mascarón, de las barcas sagradas que transitaban por el río repletas de sacerdotes oficiantes de los ritos mistéricos. Al igual que en el mundo clásico, en Egipto el Bannu era símbolo de resurrección; cómo se sabe el alma del difunto, tras abandonar el cuerpo, asistía a la “psicostasia”, ceremonia de pesada de su alma. Respetados escrupulosamente estos ritos, si el difunto había realizado correctamente los ritos sacrificiales y la confesión negativa de sus culpas era verídica, el difunto alcanzaba la naturaleza del Fénix y renacía a una nueva vida.

La tradición pasó de los egipcios a los griegos y de ahí al mundo latino. Cuando éste se extinguió, correspondió a los árabes rescatarlo e insertarlo en la particular cosmogonía islámica. Añaden los tratadistas islámicos que el Fénix solo se posa en la montaña Qâf, considerada por ellos como el polo y el centro mundo. Sin embargo, la opinión no era unánime. Los islamistas más ortodoxos desconfiaron siempre de todos los temas no extraídos directamente del Corán; el Fénix era uno de ellos, así que doctores como Al-Jili, hicieron lo que los Padres de la Iglesia católicos ya habían hecho setecientos años antes, es decir, islamizar el mito. Al-Jili sostuvo que el Fénix carecía de existencia real y, por tanto, era un mero símbolo; no tenía otra existencia más que la atribuida por el nombre y su idea no podía alcanzarse más que por la palabra que lo designaba, de la misma forma que no puede comprenderse la naturaleza de Dios sino por mediación de sus nombres y cualidades.

Muy lejos de allí, en otros horizontes culturales, la evocación del Fénix también había llegado. Los taoistas, por ejemplo, daban el nombre de “ave de cinabrio” a una entidad con los mismos atributos que el Fénix. El cinabrio es el sulfuro rojo de mercurio, al que ya la alquimia occidental apelaba como una de las posibles materias primas de la operativa hermética y que el taoismo llamaba “montura de los inmortales”. También en China el “ave de cinabrio” era andrógina, deparaba la inmortalidad y su aspecto masculino deparaba la felicidad, mientras que el femenino era emblema del aspecto femenino del cosmos. Ambos, unidos, deparaban la felicidad. Cuando alguien afirmaba haberlo visto en los campos era augurio seguro de un feliz reinado del Emperador. En China, así pues, el Fénix está asociado a la función imperial del “cosmocrator”, Señor del Universo.

EL MITO CRISTIANIZADO

Fueron varios los santos y padres de la Iglesia que, hasta bien entrada al Edad Media, disertaron sobre el Fénix, integrándolo en la concepción católica. San Eusebio de Cesárea, San Ambrosio, San Clemente de Roma, San Epifanio de Salamina, aun bajo el Imperio Romano y posteriormente San Gregorio de Tours, San Isidoro de Sevilla, Valerio Abad, Rábano Mauro, San Alberto Magno, el gran alquimista, etc. sostuvieron que el Ave Fénix demostraba la inmortalidad del alma tras la muerte y era un símbolo vivo de Jesucristo, el cual, también resurgió a su propia muerte. En literatura cristiana más antigua, los Padres de la Iglesia utilizaron la leyenda del Fénix como argumento en favor doctrina resurrección; todos ellos recurren a la semejanza de las cenizas del Fénix con los elementos constitutivos del hombre, hecho de barro y polvo, que resucitará al toque de trompeta. El Fisiólogo añade apura la comparación entre Jesucristo y el Fénix diciendo que éste tarda tres días en resucitar.

Solamente Máximo el Confesor, lo critica. Su argumento no deja de evidenciar la simplicidad de sus concepciones. Inicia su razonamiento afirmando que, a pesar de sus virtudes, el Fénix es un animal y, en tanto que tal, padeció el Diluvio Universal. Se pregunta luego si Noé menciona entre los animales que cargó en el Arca, alguno cuya virtud fuera la inmortalidad. La respuesta negativa le hace afirmar que el ave no pudo ser distinta de otras aves del Arca. Así pues no puede verse libre de la muerte, ni siquiera renacer del fuego, ni soportarlo, como la salamandra, de la que Máximo el Confesor comparte la creencia muy extendida en su tiempo, que soportaba las llamas, pero, en cambio, era permeable a otras desgracias.

Un curioso relato medieval atribuido al abad español Valerio, narra las visicitudes de Baldario en el curso de un viaje. Criado fiel de San Fructuoso, Baldario, fue a morir al rayar el alba en una de las etapas del trayecto y su alma se elevó al cielo, acompañada por tres palomas. Jesucristo en persona quiso honrar las virtudes de Baldario, concediéndole una prolongación a su existencia humana y ordenó a las palomas que volvieran el alma al pobre cuerpo muerto, advirtiéndoles que tuvieran cuidado de que la proximidad del sol no la quemase. El alma de Baldario, al regreso, pudo ver como el Sol iba precedida de un ave muy grande de color rojo -que no era otra que el Fénix-, cuyo aleteo atenuaba el rigor del Sol.

La leyenda transcrita por el Abad Valerio recoge una vieja tradición medieval derivada del tema del Ave Fénix según la cual, el batir de sus alas evita que los pecadores sean quemados por los rayos del Sol. La idea es que los justos, en tanto que tales, están dotados de la pura luz solar, mientras que los injustos son su antítesis y, por tanto, poseídos por el Maligno que huye de la luz solar -atributo de la divinidad- y es combatido por ésta. La idea cristiana de propósito de la enmienda, redención y expiación, se afirman gracias al tema del Fénix que, evidencia, una vez más, su carácter de mediador entre lo divino y lo humano.

CONCLUSION: MITO SOLAR Y SIMBOLO DE INICIACION

Nuestro viaje a través del Fénix nos ha permitido comprobar hasta qué punto está ligado a una secuencia simbólica que indica estabilidad, orden, realeza, realización y trascendencia, de la que forman parte el Sol, la alta cumbre, el Fuego, los símbolos solares de determinadas plantas, ubicaciones geográficas concretas como el Este, o ciudades alegóricas como Heliópolis. De todas estas sugerencias simbólicas, la que más persistentemente recorre el mundo de la Tradición es el Solar, de ahí que podamos definir el Fénix como un avatar del Sol.

En segundo lugar la reiteración del tema muerte-renacimiento le otorga un contenido iniciático y una enseñanza operativa: para regenerar la naturaleza del ser, ésta debe morir en su aspecto humano; el ente renacido de la putrefacción, la incineración del “hombre viejo”, generará un ser trascendente, que comparte cualidades con la divinidad y cuya morada sea el Paraiso, el estado edénico primordial, los Campos Elíseos o las Islas Bienaventuradas.

A partir de aquí estas dos concepciones es posible establecer múltiples correspondencias con otros mitos y concepciones de Oriente y Occidente que remiten a idénticas claves simbólicas y que definen una “vía” de realización, heroica y solar que fue patrimonio de nuestros ancestros, cuando Occidente daba sus primeros pasos.

 

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1 comentario

  1. Baal said,

    abril 29, 2008 a 5:27 am

    Alguien decía, que en el principio de la sabiduría esta el mito y así mismo en le fin. Me deslumbra comprobar que hay colegas del mundo blog explorando la mitología, la literatura clásica y demás temas afines.
    Un aplauso desde mis geografías para usted y su bitácora.


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