LA SOMBRA DE LA SINARQUIA

 

La conspiracion del dinero, la política y la cultura

 

El 510 antes de nuestra Era, Clisteneo, abuelo de Pericles, instauró en Atenas un gobierno colegiado, compuesto por sabios y místicos, al que llamó “sinarquía”.

Clisteneo reformó la constitución pitagórica de la ciudad y logró mantenerse en el poder unas décadas. Desde entonces la tentación de aunar poder religioso, poder económico y poder cultural, no dejará de reaparecer una y otra vez.

Los templarios, en la Edad Media, Francis Bacon y Tomás Moro, más tarde, los humanistas del renacimiento luego y, finalmente los Iluminados de Baviera, los socialistas utópicos, constituyen distintos eslabones de un mismo proyecto utópico. No se trata solo de ideas, sino de la voluntad inquebrantable de llevarse a la práctica.

Durante el siglo XIX el proyecto sinárquico tomo forma definitiva gracias a dos pensadores franceses: Fabre d’Olivet y Saint Yves d’Alveydre. Aplicando el esquema que hemos utilizado desde un principio, podemos percibir en el sinarquismo un eco tardío, desviado y mitigado del espíritu nórdico-polar mezclado con divagaciones personales propias de un autodidacta, Saint-Yves d’Alveydre. Francia fue el país sobre cuyo suelo nació el sinarquismo y ya allí es difícil encontrar datos objetivos y fehacientes sobre su existencia. Durante los años en que la sinarquía “hizo ruido” en Francia. Los elementos problemáticos que contuvo hicieron que al cabo de pocas décadas, se desvirtuara primero y desapareciera después con la muerte física de sus impulsores. Quedaron algunos rescoldos que dieron vida a partidos que tuvieron importancia en las tres primeras décadas del siglo cuando ya se habían mezclado con el elemento “sudista”. Tal es la perspectiva que vamos a analizar.

El linaje sinárquico empieza con Fabre d’Olivet (1768-1825). Sus padres lo destinaron al mundo de los negocios. La vocación de nuestro hombre era otra y dedicó las noches a adquirir un gran bagaje cultural. Tras arruinarse en el período de la Revolución, sus padres marcharon a Renania; mientras, él se estableció en París. Inicialmente apoyó a los revolucionarios y en 1801 se comprometió en una conjura contra el terror jacobino, salvando la vida por poco. A partir de entonces multiplicó sus contactos en medios masónicos y ocultistas. Fue discípulo del francmasón, Court de Gibelin. Se interesó por Egipto, aprendió sánskrito, latín y hebreo. Hacia 1802, conoció al académico Delisle de Sales quien lo introdujo en una logia pitagórica. A través del senador Lenoir Laroche conocerá a los medios iluministas y teósoficos. En 1804 publica el primer estudio sobre la poesía occitana del siglo XIII que aun hoy es apreciado por los especialistas. Su mujer, fallecida en 1800, se le aparecerá varias veces en sueños y también, según cuenta, en estado de vigilia. Estas materializaciones le convencerán de la posibilidad de establecer contacto entre vivos y muertos. Su segunda mujer es una médium y practicará con ella espiritismo, magnetismo animal, hipnosis y necromancia. Desequilibrada por todas estas actividades, acudirá a un sacerdote explicándole en confesión las curaciones que ella y su marido realizan sobre ciegos y sordomudos. Tras divorciarse contraerá nuevo matrimonio.

De manera imprevista, en 1825 Fabre d’Olivet se suicida. Ante su cama figuraba un altar con los bustos de Hermes, Pitágoras y Heráclito. Desconocido en vida, Fabre d’Olivet será el pensador que más influirá en el ocultismo francés del siglo XIX. Su traducción de los Versos Aureos de Pitágoras será publicada tras su muerte y sus dos libros La lengua hebraica restituida e Historia Filosófica del Género Humano, tendrán gran éxito. En el segundo sustituye la trinidad cristiana por la trilogía Providencia-Voluntad-Destino. A partir de la combinación de estos tres elementos interpreta la historia de la humanidad deduciendo leyes constantes. Formará una masonería particular inspirada, no en el arte de la construcción, sino en el de la jardinería, a la que llamará “El Celeste Cultivo”.

El principal discípulo de Fabre fue, sin duda, Saint Yves. Al casarse con la condesa de Keller, bruscamente se convirtió en noble y rico. La estabilidad esconómica le permitió escribir varios libros titulados “Misiónes” (Misión de los Judíos, de los Hindúes, de los Soberanos, etc.). Además de las lenguas dominadas por Fabre, conocía el árabe a la perfección. La transmisión iniciática entre Fabre y Saint Yves se realizó mediante la discípula del primero, Julie Faure. La influencia de Fabre sobre Saint Yves, siendo determinante no fue la única. Por caminos ocultos y dífíciles de precisar, conoció a corrientes desgajadas del hinduismo. Supo así de la existencia de un “centro oculto”, al que llámó Agartha, donde residiría el “Rey del Mundo”. Su informante, al parecer, era un afgano, Hardjij Scharipf, del cual extrajo lo esencial para su libro “Misión de la India en Europa”. La edición fue destruida por el propio Saint Yves antes de ponerse a la venta sin que explicara los motivos. La idea de Agartha tuvo un éxito extraordinario entre el ocultismo europeo a pesar de ser desconocida en la India (la ciudad oculta de la tradición oriental es Shambala) y no encontraríamos ninguna referencia anterior a Saint Yves, lo cual no deja de ser sospechoso. A pesar de su improbabilidad, la Agartha constituyó un modelo a partir del cual Saint Yves elaboró toda una teoría sobre la organización de la sociedad, la teocracia y el poder, utilizándola como modelo, tal como Platón había hecho con la Atlántida.

La principal diferencia entre Saint Yves y su maestro, era la valoración del cristianismo. Mientras Fabre era pagano y aristotélico, él se consideraba católico y “sinárquico”. Por primera vez quiso aplicar el esoterismo a la política. Consideraba que la nueva y verdadera revolución debía modificar las relaciones del hombre y lo sagrado: lo sagrado debe de presidir la organización social. El sistema que propone Saint Yves es una teocracia, pero ¿en dónde encontrar la nueva clase sacerdotal que esté en condiciones de restablecer el lazo entre el hombre y Dios? A pesar de sentirse cristiano, Saint Yves no expresa gran confianza hacia el clero católico; es la nueva aristocracia económica -con la que pudo relacionarse a través de las privilegiadas relaciones de su esposa- con sus medios para operar sobre la realidad social, la que estaba en mejor disposición para modificar y mejorar la situación socio-económica de la población. Elevándose el nivel económico, se elevaría el nivel cultural y las masas estarían en mejor disposición para comprender la esencia de lo divino. A esto le llamaba “solución social pefecta bajo la égida del Reinado del Sagrado Corazón”. Tal era, en síntesis, la argumentación que presentaba Saint Yves en sus largas y farragosas obras.

Este sistema recibía el nombre de “sinarquía”, términos derivado de las palabras griegas “sun”, con y “arche”, mando. Sinarquía sería el gobierno ejercido por varios jefes; y en la práctica consistía en atribuir a una aristocracia económica dotada de ideas altruistas y humanitarias la capacidad de transformar la sociedad hacia un modelo más justo. Muerto Saint Yves otros asumirían sus ideas.

Jean Robin y algunos historiadores han considerado a la “sinarquía” como una “utopía social inofensiva”. Olvidan, al parecer, que Saint Yves tuvo amistades en el mundo de la aristocracia económica y que varios discípulos suyos se codearon con las monarquías europeas. No en vano Papus, amigo y admirador de Saint Yves, acompañado por el “maestro” Philipe de Lyon, famoso curandero y ocultista, viajó a la Corte de Nicolás II, permaneciendo allí en 1900 y 1906.

Rudolf Steiner, disidente del teosofismo y fundador de la Sociedad Antroposófica, fue, así mismo, admirador de Saint Yves y parte de su obra se inspira en él. Fuera del continente, tanto Fabre como Saint Yves, influyeron en la evolución del socialismo utópico, es decir, de las corrientes socialistas no-marxistas. Ya hemos hablado del ascendiente de Fabre sobre el conde de Saint-Simon y Fourier, los dos máximos exponentes de esta corriente en Francia. El fracaso de las distintas experiencias socialistas utópicas y, sobre todo, de la Comuna de París, hicieron que se empezara a imponer el socialismo marxista y el utópico, evolucionara hacia posiciones más realistas. Saint Yves influyó decisivamente en la obra de Jhon Ruskin, el último de los socialistas utópicos. Ruskin mezclaba ideales humanitarios, principios estéticos y contactos con la aristocracia económica inglesa. Ruskin, profesor en Oxford, formó un círculo de poder con sus más notorios ex- alumnos: Henry Borchenoug, lord de su Majestad, Philip Lyttleton, Ministro de Colonias, Alfred Milner, masón y Vigilante de la Gran Logia Unida de Inglaterra, hombre de confianza de Cecil Rhodes, gran hacedor del Imperio Británico, William Morris, economista, Arnold Toymbee, historiador. Este grupo influyó decisivamente a partir de 1883 en la creación de la Sociedad Fabiana, eslabón entre el socialismo utópico de Ruskin y el socialismo laborista británico, precursor de las socialdemocracias europeas actuales. Las ideas fabianas coincidían en casi todo con las de Saint Yves; simplemente concretaban un poco más, definiendo estrategias y tácticas. Los fabianos ingleses constituyeron la London Economic School en donde se han formado las élites financieras que han liderado el capitalismo liberal occidental en los últimos cien años, empezando por los Rotschild, siguiendo por los Rockefeller y terminando por algunos ministros del primer gobierno del PSOE. Las ideas de Saint Yves, a través de Ruskin y de la Sociedad Fabiana, inspiraron directamente la creación de la Comisión Trilateral a principios de los años 70, entidad que -continuando con el viejo proyecto sinárquico- agrupaba a gentes del mundo de la alta finanza, la política y la cultura, sobre un programa humanista, defensor de la calidad de vida y del desarrollo equilibrado. De tal manera que puede considerarse a la Comisión Trilateral y a sus correas de transmisión como herederas del proyecto sinárquico.

A mediados de los años veinte un grupo de estudiantes de la Escuela Politécnica de París, constituyeron el “Movimiento Sinárquico del Imperio”. La existencia de este grupo fue clandestina. Eliminaron los rituales establecidos por Saint Yves en 1887 y la iniciación se transmitió individualmente. No existían reuniones de grupo, ni rituales colectivos, tan solo transmisión de maestro a neófito. En 1937 se produjeron diversos atentados en Francia. Dimitri Navachine, economista ruso exiliado fue cosido a bayonetazos en París. Poco después, Laetitia Touroux era asesinada de idéntica forma y en junio le tocaba el turno a dos refugiados políticos italianos. Ese mes saltaba por los aires, cerca de Lyon, un tren cargado de aviones de combate para la República Española; ni uno solo llegó a su destino…

Poco a poco tomó cuerpo la posibilidad de que exista una red clandestina de extrema-derecha, financiada por algún régimen fascista. Cientos de registros domiciliarios dieron como resultado la desarticulación del “Comité Secreto de Acción Revolucionaria”, más conocida con el nombre de “la cagoule” (la capucha). Los nuevos adheridos juraban ante sus jefes provisto de capucha roja y guantes blancos, ante una inmensa bandera negra. Resultó detenido Eugene Deloncle, considerado dirigente de la siniestra organización. Deloncle, tenía 47 años en la época, hacía quince que había sido graduado en la Escuela Politécnica de París. La mayoría de los dirigentes de la “cagoule” habían salido de este centro. Se sabía que algunos profesores, alumnos y ex-alumnos habían constituido una especie de masonería tecnocrática. Los miembros eran los alumnos y profesores mejor dotados y con más inquietudes. Esta masonería tecnocrática se llama oficialmente “Centro Politécnico de Estudios Económicos”; su jefe visible, Jean Coutrot, sinárquico convencido, es discípulo de Saint Yves d’Alveydre.

Una parte de los dirigentes de la “cagoule”, procedían del Movimiento Sinárquico del Imperio, cuyo proyecto se conoce suficientemente gracias a distintos documentos ocupados por la policía francesa entre 1937 y 1944. La otra parte procedían de la derechista Accion Francesa. Tras la victoria alemana sobre Francia en junio de 1940, la sinarquía se partió en dos. Existieron discípulos de Saint Yves d’Alveydre entre quienes colaboraron con los nazis y entre los resistentes. Los primeros fueron, en buena medida, liquidados tras la victoria aliada. Los segundos lograron mejorar sus posiciones y situarse en primer fila en la construcción de Europa.

Durante los años 30, Marconis de Negre, alias “Marcus Vella”, antiguo secretario del líder rosacruciano Josephin Peladan (a cuyo círculo perteneció el padre Berenger Sauniére famoso por su implicación en el “affaire” de Rennes-le-Château), fundó la organización Alfa-Galatas. Pierre Plantard, luego Gran Maestre del Priorato de Sión, fue el presidente de éste círculo. Alfa-Galatas, proponía una “orden de caballería” capaz de generar un “nuevo orden occidental”, cuya primera etapa serían “los Estados Unidos de Europa”. Podían reconocerse los temas clásicos de la sinarquía. Entre los fundadores de Alfa-Galatas se encontraba Louis Le Fur. Economista y tecnócrata, Le Fur había sino miembro del Movimiento Sinárquico del Imperio y del grupo “Energia”, un desdoblamiento del primero, cuyo personaje más significativo fue Robert Schumann, uno de los dos máximos constructores de la Comunidad Económica Europea… El otro europeista era Jean Monnet, nacido en 1888 y que, a partir de 1914 se relacionó con círculos sinárquicos a través de Paul Clementel, entonces Ministro de Comercio e Industria francés. Monnet será elegido Secretario General Adjunto de la Sociedad de Naciones y en 1922 entrará a formar parte de la dirección sinárquica. En los años 30 constituirá el Movimiento Paneuropeo, precursor de la actual Unión Europea.

La sinarquía francesa optó por los dos frentes en conflicto durante los años 30 y 40. Mientras unos de sus miembros (Deloncle, Joseph Darnand) se situaron a la derecha del espectro político, otros (Schumann, Monnet), lo hicieron a la izquierda. Los primeros vieron en las regímenes nazi-fascistas el vehículo que precisaban para constituir un “Nuevo Orden Europe”. Los segundos, aprovecharon la victoria aliada para impulsar el “Movimiento Paneuropeo”. La velocidad con la que se extendió el proyecto paneuropeo se debió a que otros grupos discretos, como la masonería o los círculos fabianos, habían sido impregnados en parte por el ideal sinárquico.

Antes de que Saint-Yves teorizara sobre la sinarquía, nuestro entrañable, Domingo Badía, “Alí Bey”, ya se había vinculado a Fabre d’Olivet, a través de su yerno, el académico Delisle de Sales. Ya hemos visto como Badía siguiendo a Fabre d’Olivet, creía que el fin de la Atlántida no se había producido como consecuencia de un cataclismo, sino por el ascenso del fondo del mar que habría acarreado la retirada de las aguas. Delisle de Sales había introducido a Fabre d’Olivet en una logia pitagórica. Es seguro que Badía conoció a Fabre. Sus biógrafos han podido establecido que leyó “Historia Filosófica de la Humanidad” hacia 1815. Verosímilmente se trata del libro de Fabre, “Historia Filosófica del Género Humano”, libro que solo fue publicado en 1823. Es fácil deducir que Badía leyó el manuscrito original y que su suegro, Delisle de Sales, le presentó a Fabre.

Muerto Badía, pasan cuarenta años antes de que su figura sea rescatada del olvido y revalorizada por un grupo de intelectuales, politicos y empresarios catalanes. Ese círculo puede ser considerado, en rigor, como el núcleo español de la sinarquía. Por entonces Saint Yves ya ha publicado sus obras y expuesto su filosofía sinárquica. El primero en volver a hablar de Badía es el embajador español en Egipto, Eduardo Todá. Notorio egiptólogo, Todá publicó artículos enviados desde El Cairo firmados con el seudónimo “Alí Bey”. Paralelamente, se constituía la Asociación Catalana de Excursiones Científicas (embrión del actual Centro Excursionista de Cataluña, en cuya sala de juntas está presidida por el retrato de Ali Bey). La asociación reunía a algo más que aficionados al excursionismo. Estaba inspirada, en primer lugar, por las ideas geográficas de los hermanos, Paul, Elias y Eliseo Reclus, franc-masones y ánarquistas; participaban en la asociación antiguos socialistas utópicos influidos por Saint-Simon y Fourier.

Durante años, la Asociación de Excursiones contó como miembro al arquitecto Antonio Gaudí. Gaudí y Todá no solo se conocían, sino que habían sido amigos de infancia. Juntos, naturales de Reus, proyectaron la restauración del monasterio de Poblet en el reverso de un manifiesto revolucionario masónico que todavía se conserva hoy en la Cátedra Gaudí de Barcelona. Es casi seguro que Todá introdujo a Gaudi en la masonería durante su juventud. Otro miembro de la asociación fue el poeta Jacinto Verdaguer, quien no solo escribió los versos de “La Atlántida”, sino que además fue sacerdote satanista y conoció perfectamente al archiduque Luis Salvador de Hansburgo-Lorena, hermano de “Juan Orth”, uno de los habituales visitantes del pequeño pueblo francés de Rennes-le-Château donde se encontraba el sacerdote rosacruciano Berenger Saunière. Otro miembro de la asociación, el poeta Juan Maragall había sido el traductor de las obras de Jhon Ruskin.

Todos estos personajes se reunen en torno a un figura de especial relieve en el proceso de industrialización de España: Eusebio Güell Bacigalupi. Güell -hijo de un indiano multimillonario, diputado y senador en varias legislaturas- había estudiado en Londres, París y Nimes, donde conoció a Valentí Almirall, franc-masón y político federalista catalán. Ambos, Güell y Almirall, fundarán el Centre Catalá, una de las primeras entidades catalanistas. Antes, Güell había financiado secretamente la asociación “Joven Cataluña”, cuyo nombre delata influencias carbonarias.

En torno a Güell se concentró un núcleo de intelectuales, políticos y artistas, cuyas obras financió generosamente. A su sombra Gaudí realizó sus más famosas construcciones (la cripta Güell, el Parque de Güell, el Palacio Güell, etc.). “Joven Cataluña” fue, a su vez, matriz de una serie de instituciones cada vez más decantadas hacia al actividad política que Güell impulsaba, frecuentemente sin aparecer en público, limitándose a dar instrucciones junto a cheques de cifras importantes. A esta asociación siguió el “Centro Catalán”, luego la “Liga de Cataluña” y finalmente la “Liga Regionalista” de Francisco Cambó. El propio Gaudí, antes de caer en la crisis mística hacia finales del siglo XIX, había estado próximo a círculos socialistas utópicos y anarquistas, como otros muchos hombres públicos nacidos en Cataluña en la época: Narciso Monturiol, comunista utópico, Ildefonso Cerdá, urbanista, francmasón y socialista utópico, al igual que Anselmo Clavé, fundador de las masas corales que todavía hoy existen, etc. Todos ellos conocieron la obra de Fabre d’Olivet y los escritos utópicos del siglo XIX. Gaudí, por su parte, planificó la “Cooperativa Obrera de Mataró”, a cuenta del grupo anarquista moderado y socialista utópico de esa localidad. Realizó el plano (que aun se conserva) a la peculiar escala 1:666…

La ideología de Güell y de un grupo de indianos (comerciantes españoles enriquecidos con el comercio de ultramar) se identifica exactamente con el pensamiento sinárquico, tal como fue enunciado en la época por Saint Yves. Intentan generar, desde el poder y utilizando su peso económico, una sociedad más justa; se trata de filántropos. Paralelamente, procuran elevar el nivel cultural de las masas. Muchos de ellos (Güell, Gaudí, Maragall, Verdaguer, el Marqués de Comillas, etc.) son católicos y, como Fabre, demuestran una devoción particular hacia el “Sagrado Corazón”. Con sus fondos y apoyo se crean en Barcelona, al mismo tiempo, dos “templos expiatorios”, uno consagrado al Sagrado Corazón en el Tibidabo. El otro es la Sagrada Familia. Algunos, como Todá y Valentí Almirall, indiferentes en lo religioso, terminan por ubicarse en posiciones más radicales, fruto de su militancia masónica.

La huelga general de Barcelona a principios de siglo demostrará lo peligroso de estas posiciones. Con un movimiento obrero descontrolado, no es posible hacer grandes experiencias sociales, ni políticas. El catalanismo conservador de inspiración sinárquica, debió abandonar sus primeras espectativas autonomistas y recurrir al ejército para que restableciera el orden y pusiera el cintura a la clase obrera. La evolución de la Liga Regionalista derivó a partir de entonces hacia posiciones moderadas y buena parte de sus miembros optaron por el franquismo en el momento de iniciarse la guerra civil. Sin embargo, en la personalidad y en las actividades financieras de Francisco Cambó, su líder histórico, se perciben hasta última hora, huellas de la ideología sinárquica: en efecto, políticos dotados de una ideología humanista, amaparados en el gran capital, deben realizar una tarea paternal sobre las masas para guiar al conjunto hacia un orden social más justo.

Si tenemos en cuenta que la reunión de la Comisión Trilateral celebrada en España se realizó en Barcelona, los días 15 a 17 de octubre de 1993 -en los salones del Ayuntamiento de la ciudad, presidida por Pascual Maragall, descendiente del poeta que tradujo a Ruskin, Juan Maragall y educado en universidades fabianas norteamericanas y por Jordi Pujol, heredero político de la Liga Regionalista- veremos como el círculo sinárquico se cierra muy sospechosamente.

Como organización internacional la sinarquía se extinguió; sin embargo, sus principios sobrevivieron y han sido heredados por movimientos políticos democrático-liberales que hoy todavía no renuncian a la conjunción entre el poder el poder cultural, poder económico y el poder político.

No aspiran al poder, en buena medida, son el poder.

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