LOU ANDREAS SALOME – La mujer que amó Nietzsche

Federico Nietzsche ha pasado a la historia como el “gran misógino”. Pero no siempre fue así: Nietzsche amó a una sola mujer. Su poema filosófico, “Así habló Zarathustra” puede considerarse como el producto de éste amor frustrado.

La mujer de la que se enamoró una personalidad tan particular como Nietzsche debía ser, así mismo, particular. En efecto, esta es la historia, singular, de una mujer especializada en seducir solo a genios: Lou Salomé.

LA BRUJA DE HAMBERG

En 1937 a la edad de 76 años moría en Gottingen, Lou Andreas Salomé, un destino excepcional. Sus paisanos la tenían por una mujer extraña; su marido, el doctor Andreas, practicaba técnicas aprendidas en Oriente y tenía en su esposa a la principal colaboradora. La llamaban “la bruja de Hamberg”.

Conocía a la perfección las grandes religiones orientales, dubismo, hinduísmo e islam, incluso en su exoterismo; su marido fue uno de los introductores del orientalismo en Europa y conocía todas estas tradiciones desde el interior.

Quienes conocieron a Lou Salomé nos la describen como alta, de ojos azules, “muy luminosos”; con los años su pelo había adquirido un tono platino. Con nariz respingona y boca suave, había conservado un aspecto atractivo a pesar de su edad.

Sin embargo el retrato de su juventud era muy diferente. Su mirada era dura, sus facciones y carácter agresivos; poco femenina, en definitiva. Solamente dulcificó sus rasgos tras casarse con el doctor Andreas.

Cuando apenas tenía veinte años logró conquistar el corazón de Federico Nietzsche; sería la única mujer de la que lograría enamorarse en su vida. Pero también el filósofo Paul Ree, el poeta Rainer Maria Rilke y el fundador del psicoanálisis, Sigmund Freud, el sociólogo Ferdinand Tonnier, el psicólogo experimental Herman Ebbnghaus y otros muchos se sintieron atraidos por Lou Salomé. En los círculos intelectuales centroeuropeos de principios de siglo se decía que quien conocía a Lou Salomé, a los 9 meses traía un libro al mundo.

Ella prefirió siempre el contacto espiritual e intelectual antes que el físico. Era indiferente a los sentimientos que despertaba en los hombres que conocía;prefirió siempre el pensamiento al hombre que lo encarnaba, el contacto espiritual antes que el físico.

Permaneció virgen hasta los treinta años y jamás mantuvo relaciones sexuales con su marido, el doctor Andreas. Tras su ruptura, Nietzsche dijo de ella que sufría “atrofia sexual”. Sus biógrafos cuentan que por esas fechas -entre los 20 y los 30 años- “le faltaba calor y vida a su rostro”. Su complicada vida erótica y sentimental explica el interés desmesurado que sintió por la obra de Freud.

EL PARTO DE ZARATHUSTRA

Fue a través de Paul Ree que Lou Salomé conoció a Federico Nietzsche. Lou era la eterna amiga de Ree, intelectualmente sintonizaban, pero ella sentía repugnancia física hacia él. En 1901 se suicidó justo en el lugar en donde Lou Salomé le había rechazado veinte años antes; el tiempo jamás consiguió disolver todo el amor que sintió por ella.

Otro tanto ocurrió con Nietzsche, si bien el poeta-filósofo logró sublimar la atracción que sentía en una obra singular, “Así habló Zarathustra”. Hoy, tras la publicación de la correspondencia con Paul Ree, se sabe lo que sentía Nietzsche en aquella época: “Sino encuentro la piedra filosofal para convertir esta mierda en oro, estoy perdido”.

Cuando Nietzsche conoció a aquella jovencita que daba muestras de una singular madurez e inteligencia, y que, por lo demás era excepcionalmente atractiva, se sintió inmediatamente seducido por ella. Pero Lou solo amaba el pensamiento de Nietzsche, en absoluto al hombre. Lo rechazó una y otra vez. Finalmente en 1982, el filósofo perdió toda esperanza. Unas semanas después se encerró en su pequeña habitaciíon; era el mes de febrero de 1883. En pocos días, Nietzsche compuso su gran poema filosófico que nació como fruto del desengaño y la frustración por un amor imposible.

Su gran amigo primero y posteriormente su mayor adversario, Richard Wagner, siguió un itinerario parecido. Su gran ópera, “Tristan e Isolda” es fruto del dolor que le produjo su ruptura con Matilde Wesendonck. El mayor poema musical de amor que jamás se haya escrito, tiene su paralelismo en el “Zarathustra” de Nietzsche, donde el filósofo rechazado se envuelve en una coraza invulnerable contra sus propios sentimientos. Sublimación del amor en el desengaño de Wagner, misoginia y rechazo a toda forma de amor en el caso de Nietzsche; puede entenderse que las dos grandes personalidades de la cultura occidental del siglo XIX, terminaran enfrentados.

“Zarathustra” salvó de la locura a Nietzsche durante unos años. Tras la ruptura con Lou, habló de suicidarse; sacó fuerzas de flaqueza, rechazó la posibilidad de cualquier otro amor e intentó transmutar en fuerza interior su soledad. Seis años después se derrumbaría. A partir de 1889 su locura sería irreversible. moriría dos años después.

EL EXTRAÑO DOCTOR ANDREAS

Friedrich Carl Andreas no era un hombre atractivo, ni recibió honores y gloria en vida como Rilke o Freud; ni siquiera, como Nietzsche; tampoco se reconoció su valor después de muerto. Fue un hombre tan gris y reservado como sorprendente.

Era bajo y rechoncho. Su abuelo se instaló en la India a principios del siglo XIX y esposó a una mujer malaya. Tras morir su marido, la mujer casó con un noble persa de estirpe regia, pero conservó el nombre de su primer esposo. En 1875, cuando Andreas contaba ya 30 años, la familia regresó a la Alemania de sus antepasados.

Andreas tenía por entonces una sólida formación en historia, ciencias naturales y arqueología y gozaba de una excepcional reputación como médico; pero sus técnicas no eran ortodoxas, había traído consigo los conocimientos de medicina natural de las tradiciones orientales. Le preocupaba el estudio de las costumbres de los animales más fieros y las técnicas totémicas a través de las cuales los brujos captaban las energías y potencia de los animales. Hablaba varios idiomas y estaba familiarizado con las culturas orientales a las que conocía en profundidad y desde dentro: no en vano, una parte de su personalidad, pertenecía al misterioso oriente.

En 1888, cuando era catedrático del Instituto de Lenguas Orientales de Berlín, conoció a Lou Salomé. Logró que le dijera el ansiado “si” intentando suicidarse ante los ojos de su amada; es ella quien nos describe la escena: “con ademán pausado, cogió la navaja y se la clavó en el pecho”. Aquella sangre derramada los unió para siempre.

Permanecieron casados cerca de 43 años, durante ese tiempo, el doctor Andreas jamás la poseyó físicamente, pero nunca la perdió del todo. Si bien es cierto que mantuvo relaciones con otros hombres, íntimas en algunos casos, no es menos cierto que siempre, antes o después, volvió con “herr doktor”.

Por las noches, Andreas daba clases particulares en su domicilio de Gottingen a un grupo seleccionado de alumnos. Estos y sus colegas de facultad jamás dudaron de que realizaba lo que calificaron como “estudios ocultos” y que suscitaron rumores entre sus colegas. Era capaz de inducir alucinaciones en sus discípulos, conocía perfectamente las técnicas de hipnosis y sugestión y fue uno de los primeros europeos en estar familiarizado con los distintos yogas hindúes.

Le atraía particularmente la tradición irania. Realizó la primera traducción completa del “Zend Avesta” como tributo a la sangre real persa que fluía por su venas.

La pareja llamó la atención de sus vecinos por su extraordinaria conservación física. El doctor aparentaba apenas 50 años cuando en realidad tenía 80 y estaba convencido de que viviría otro medio siglo más. Lou Salomé, hasta los 65 años tenía aspecto de no superar los 40. Los discípulos y quienes les conocieron no albergaban la menor duda de que los “estudios ocultos” del doctor eran el secreto de su “eterna juventud”.

EN LA CONSULTA DEL DOCTOR FREUD

En 1911, cuando contaba 50 años, conoció a Sigmund Freud. Visitó al psiquiatra vienés con la esperanza de que éste pudiera revelarle algo sobre los misterios de su personalidad.

Fue la primera “grouppie”, la primera mujer que tuvo acceso a tertulias hasta entonces vedadas al género femenino. Conoció bien la bohemia de París, Berlín y Viena. Tuvo como pretendientes a las más grandes inteligencias de su tiempo. Pero, sobre todo, fue una mujer de sexualidad anómala. No se sintió jamás madre ni amante, probablemente tampoco mujer sino hasta muy avanzada su madurez…

Nietzsche ya lo había percibido, pero también Paul Ree; y, por supuesto, su marido, que obtuvo de ella la promesa de matrimonio a cambio de no mantener jamás relaciones sexuales con ella.

Freud procuró utilizar sus investigaciones sobre la psiquiatría analítica para materializar su voluntad de conocerse mejor a sí mismo. Freud, tras haber abusado de la cocaina en sus años jóvenes, se preguntaba en qué oscura parte de su cerebro radicaban los fantasmas eróticos que le acosaban después de inyectarse la droga. Se sorprendía de las obscenidades de acudían a su cerebro y quiso descubrir cuál era el origen de lo que consideraba perversiones.

Hay que suponer que Lou Salomé siguió idéntica trayectoria; también ella desconocía los porqués de sus inhibiciones eróticas, los motivos de su “atrofia sexual”. Y creyó que el doctor Freud tenía las respuestas. Desgraciadamente no era así. La vida de Lou no mejoró tras compartir las más atrevidas teorías de Freud y siempre regresó en compañía del doctor Andreas y de sus experimentos alternativos.

Por entonces Lou ya había adquirido fama mundial. No en vano había sido la primera psicoanalista distinguida y la única mujer que Freud aceptó en él “círculo interno” de la Sociedad Psicoanalítica de Viena. Lo cual no era poco.

[RECUADROS FUERA DE TEXTO]

LOU SALOME:

¿vas con hombres? no olvides el látigo

En el verano de 1880, Paul Ree, Federico Nietzsche y Lou Salomé se encontraron en Lucerna, Suiza. Animados como estaban y en un ambiente de franca y cordial camaradería, fueron a visitar al fotógrafo Jules Bonet. Este tenía en su plató un pequeño carro para decorar escenas campestres. Contrariamente a la opinión del fotógrano, Lou se subió sobre el carro y pidió que Nietzsche y Ree hicieran ademán de tirar de él. Ella, entre tanto, blandía amenazadora un látigo.

La foto ha tardado años en conocerse y resulta, cuando menos curioso que el filósofo misógino que escribiera las mayores diatribas contra el espíritu femenino, consintiera en fotografiarse en aquella situación que tanto contrastaba con sus opiniones posterioes: “¿vas con mujeres? ¡¡No olvides el látigo!!”…

NIETZSCHE Y LAS MUJERES

A partir de su frustrado amor con Lou Andreas Salomé, los escritos de Nietzsche se vieron salpicados de frases de contenidos misóginos. Tal fue el dolor y la frustración de Nietzsche, para quien el rechazo de una mujer hizo que rechazara a todas las mujeres:

“El verdadero hombre quiere dos cosas: el peligro y el juego. Por eso ama a la mujer: el más peligroso de los juegos”

(Así hablaba Zarathustra).

“Pocos hombres hay aquí: por esto se masculinizan las mujeres. Pues sólo el que sea bastante hombre podrá “redimir” a la mujer en la “mujer”

(Así hablaba Zarathustra).

“Hasta aquí hemos sido muy corteses con las mujeres. Pero !ay!, llegará un tiempo en que para tratar con una mujer habrá primero que pegarle en la boca”

(Filosofía general).

“Cuando una mujer tiene virtudes viriles, hay que huir de ella; si no las tiene, ella misma huye”

(El ocaso de los ídolos).

“A veces basta con unas lentes de más alta graduación para curar al enamorado” (Humano, demasiado humano).

“Las mujeres notan fácilmente cuando se han apoderado del alma de un hombre; quieren ser amadas sin rivales (…) esperan, enlazándose amorosamente con él, acrecentar al mismo siempo su propio esplendor”

(Humano, demasiado humano).

“Hay mujeres que, por mucho que en ellas se busque, no tienen interior, no son más que máscaras. Hay que compadecer al hombre que se abandona a estos seres casi fantasmales, necesariamente incapaces de satisfacer”

(Humano, demasiado humano).

“En la venganza como en el amor, la mujer es más bárbara que el hombre”

(Más allá del bien y del mal).

“Para contemplar bien la belleza de esta mujer hay que mirarla con ojos de poco alcance; más para apreciar su espíritu totalmente hay que emplear las lentes de mayor potencia, porque lo oculta por vanidad; el espíritu hace vieja a la mujer”

(Tratados filosóficos).

Es evidente que, en muchas de estas frases, Nietzsche está pensando en Lou Andreas Salomé.

 

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2 comentarios

  1. lololoco134 said,

    abril 7, 2012 a 11:17 am

    el relato es de una bruja”’¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡

  2. Mungo Park said,

    noviembre 4, 2013 a 8:52 pm

    SI, una bruja persa. Hay que revisar la “misoginia”, la verdad nunca ofende pero incomoda.


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