Lou Andreas Salome

 

Hubo un tiempo en que a las mujeres de Europa del Este no sólo se les conocía y admiraba por su belleza, sino también y principalmente por su inteligencia.
Incluso, hay quienes piensan que a partir de aquella circunstancia se acuñó esa frase que en la hora actual resulta políticamente incorrecto pronunciar: detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer.
Sin embargo, a mediados del siglo XIX, que bullía de ideas filosóficas, utopías políticas y propuestas artísticas innovadoras, esa máxima era más bien metafórica porque hubo grandes mujeres compartiendo e impulsando los ideales progresistas a lado de los grandes hombres que la historia ha puesto en primer plano.

Por supuesto que la presencia intelectual de esas mujeres no anuló en modo alguno su feminidad, pero lo que sí sucedió es que ésta se enfrascó en una batalla con la propia inteligencia a fin de poder dominar sobre la voluntad.

Hubo mujeres que supieron librar muy bien esa batalla y se conservaron siempre por el sendero de la inteligencia y la sensatez, como Rosa de Luxemburgo. En cambio, hubo otras que, derrotadas por la parte más impulsiva de la feminidad, terminaron convertidas en una suerte de presidentas del club de fans del filósofo o pensador del momento, como Bettina von Arnmin, que se convirtió en un dolor de cabeza permanente para Goethe.

Sin embargo, de entre todas esas mujeres hubo una que descubrió el punto exacto de equilibrio entre la feminidad y el ejercicio de la inteligencia. Esa mujer fue Lou Salomé.

Lou Salomé, que posteriormente sería conocida con el apellido de su esposo, Carl Freiderich Andreas, fue una mujer fascinante, seductora y cruel, según la opinión que se quiera tomar por buena, de parte de los grandes personajes de la intelectualidad que tuvieron la fortuna de conocerla: Nietzsche, Reé, Rilke, Freud o Tausk.

De ascendencia judía y nacionalidad rusa, Lou se sintió fuertemente atraída por la filosofía y la literatura desde muy pequeña. Y también desde muy pequeña comenzó a ejercer esa extraña influencia en la inteligencia de los hombres que la rodeaban, que los hacía perder la compostura y las buenas formas adquiridas en el cultivo permanente de espíritu, hasta parecer adolescentes imberbes rebosantes de actividad hormonal.

A los 21 años, estando en Roma, Lou conoció a Paul Reé, un psicológo alemán amigo de Nietzsche, con quien rápidamente entabló una relación sentimental. Sin embargo, y si hemos de creer a Fernando di Fidio en La bruja de Hainberg, muy pronto Nietzsche cayó rendido ante la compleja y seductora personalidad de la ¡mujer de su mejor amigo!

Lou Andreas Salomé, Paul Reé y Friederich Nietzsche

Con el paso del tiempo la relación entre Lou, Reé y Nietzsche se fue tornando compleja; una especie de triángulo amoroso en el que el único no correspondido era el pequeño bigoton; mientras que Lou si bien se podía decir que mantenía estable su relación con Reé, ya estaba en amoríos con Rainer María Rilke, que era quince años menor que ella.

El enano bigoton, posiblemente influido por sus propios complejos, no pudo soportar más las pasiones que le provocaba la admirable Lou -que por lo demás la verdad no sé qué le veían, porque en honor a la verdad estaba muy fea- y decidió declararle su amor.

Ella, que no era mujer de un sólo hombre, y mucho menos de uno tan feo como Nietzsche, lo rechazó, y gracias en gran medida a ese rechazo, es que ahora conocemos Así habló Zaratustra. Uno de los libros más célebres del filósofo de Roecken, en donde además de tirarle a todo lo que se mueva, Nietzsche aprovecha para ventilar su misoginia, derivada o acentuada a partir del rechazo del que fue víctima, de parte de Lou Andreas Salomé.

En fin, quisé escribir este comentario un poco para curarme en salud, luego de que en una reciente charla de café me tildaron de intelectualoide porque, hablando precisamente de Nietzsche, olvidé el nombre de Lou y sólo la identiqué como “la novia de Nietzsche”.

Además de que esta sucinta historia sirve para ilustrar el hecho innegable e inocultable de que los intelectuales también tienen corazón y por ende, cometen las mismas estupideces que el resto de los mortales.

A propósito, en otra ocasión escribiré de la relación entre Hannah Arendt y Martin Heidegger, esa sí es para sacar los pañuelos y llorar amargamente.

Anuncios

2 comentarios

  1. Cys said,

    junio 3, 2008 a 8:56 pm

    Me pregunto cómo hacía para seducirlos a todos. Parece una mujer perversa.

  2. susanna said,

    abril 20, 2014 a 12:45 pm

    Pues gracias a ella todos crearon grandes obras. Nada que inspire para la creación puede ser perverso


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: