Crisis de la Política

Estamos a las puertas del siglo XXI, gestionando los asuntos de la res pública con ideas del siglo XVIII. Y no hay elementos para pensar que esto vaya a cambiar. Pensemos lo que hubiera significado acometer la primera revolución industrial con los principios de la humanidad medieval: a cada modelo histórico y socio-político, corresponde una particular forma de pensamiento. Solamente el mundo moderno ha contemplado la distancia abismal entre una superestructura tecnológica desfasada en relación a las formulaciones político-sociales. El mundo postmoderno no puede ser regido por principios anticuados.

¿EVOLUCION O INVOLUCION?

Antes de abordar la cuestión fundamental de la crisis de lo político vale la pena situar la discusión en el contexto que le es propio. Al abordar la historia de las civilizaciones son posibles dos actitudes antagónicas: o bien concebir el desarrollo de los episodios históricos como un proceso evolutivo hacia formas superiores de convivencia y civilización, o el hacerlo entreviendo en el devenir histórico la crónica de una decadencia.

La primera actitud, progresista, centra su análisis en los logros materiales de las civilizaciones; desde este punto de vista, la civilización moderna es superior a la antigua, acaso por que su tecnología es mas sofisticada. La segunda actitud, tradicionalista, se basa en la superioridad del espíritu sobre la materia y en divisar un más alto nivel ético, moral e intelectual en las civilizaciones antiguas que en las modernas; éstas por lo demás y en palabras de Guenon, vivirían de todo lo que las anteriores han desechado.

Trasladando estas consideraciones a la política, ambas actitudes tendrán sus correspondientes traducciones. El progresismo verá en la democracia la forma última de autogobierno del pueblo, mientras que el tradicionalismo advertirá en ella lo más alejado de la pureza de los orígenes y la última forma de decadencia y desintegración.

EL MISTERIO DE LA DECADENCIA

Por nuestra parte nos alineamos con la segunda opción. Consideramos que la antítesis fundamental es entre mundo tradicional y mundo moderno, con sus corolarios correspondientes. Ahora bien, ¿por qué se produce la decadencia? Si existió una Edad de Oro, dominio de la espiritualidad pura, ¿por qué degeneró? ¿cuál es, en definitiva, el misterio de la decadencia?

Desde el punto de vista de la física y de la metafísica, la idea del progreso es insostenible. El segundo principio de la termodinámica, la ley de entropía, nos dice que cualquier sistema de energía camina progresivamente hacia su agotamiento y en absoluto hacia una renovación cada vez mayor de su potencial. Una batería, por ejemplo, funcionará óptimamente durante unas horas hasta que sufra una pérdida de energía que la vaya agotando progresivamente; las leyes de la física excluyen que los sistemas cerrados de energía tengan una renovación que les lleve de estadios inferiores a superiores; ocurre todo lo contrario: de estados perfectos degeneran a estados imperfectos.

La metafísica enseña, además, que toda manifestación supone la plasmación en lo contingente de un principio metafísico; contra más se desarrolla la manifestación de cualquier principio, más se aleja del origen, así como contra mayor es un círculo, cada uno de sus puntos está más alejado del centro originario. Esta lejanía progresiva implica una creciente desconexión con el principio y, por tanto, un alejamiento y una consiguiente caída de nivel.

Es por ello que, desde el punto de vista metafísico lo superior no puede nacer de lo inferior, tal como queda confirmado por la segunda ley de la termodinámica. Así pues el progresismo no es sino una intuición errónea, una ilusión fundada en la observación de todo lo hay de más bajo en la naturaleza manifestada; observación que, por lo demás, para sugerir la idea de progreso, debe reducirse a unos cortos períodos de tiempo en los que se genere la ilusión del progreso. Así, por ejemplo, en los años 50 la invención del DDT pudo ser considerado un gran avance; hoy, cuarenta años después, se sabe que para lo único que ha servido es para operar una selección natural de insectos y generar una carrera irreprimible entre insecticidas más enérgicos e insectos progresivamente mas resistentes. Otro tanto ocurre con buena parte de los fármacos y con tantos y tantos productos de los “avances de la ciencia”.

LA DOCTRINA DE LA REGRESION DE LAS CASTAS

Publicado en 1927, “La Crisis del Mundo Moderno” de René Guenon solo fue traducido al castellano cuarenta años después y publicado por una pequeña editorial argentina. Veinte años después fue editado en España sin que suscitara muchos comentarios. En 1931 apareció la primera edición italiana de “Revuelta Contra el Mundo Moderno” escrito por Julius Evola. Aquí también debieron pasar sesenta y cuatro años antes de que viera la luz la correspondiente edición en lengua española.

Como puede deducirse por los títulos de ambos libros, existe entre ellos cierta simetría. El de Guenon subraya el carácter terminal y crítico de los tiempos modernos; el de Evola, coincidiendo con éste diagnóstico, llama, además, a la “revuelta”.

Ambos autores tienen un punto de coincidencia: su percepción de la historia de la humanidad como la crónica de una decadencia. Los dos hacen referencia a la doctrina hindú de la regresión de las castas e insertan en su contexto los hechos históricos objetivos que encajan con sorprendente precisión. Tal teoría se basa en que en cada uno de los períodos históricos son hegemónicas cada una de las cuatro castas, en orden descendente. Cada casta extiende su influencia en los distintos dominios a los que impregna con su espíritu y sus principios, hasta que finalmente, su hegemonía entra en crisis y es sustituida por la siguiente en orden inferior.

La historia así concebida ha sido interpretada como el descenso desde la hegemonía de los “brahamanes”, primera casta, realeza sacerdotal, hasta, hasta la casta servil de los parias que no poseen otra cosa mas que la fuerza de su trabajo, pasando por la nobleza guerrera, los “khsatryas” y la burguesía artesanal de los “vaysas”. Cada una de estas cuatro etapas supone una caída de nivel y, en su conjunto, un ciclo completo.

Así por ejemplo, si centramos nuestra atención en la arquitectura observaremos que en un período remoto, coincidente con la hegemonía brahamánica, las construcciones axiales de los pueblos son los templos, más adelante, al caer el brahmán y entronizarse en la cúspide del poder material el guerrero, es el castillo y el fuerte la construcción que más atención recibe. Sustituidos los guerreros por los mercaderes, los edificios fabriles y las colonias industriales alcanzan en el siglo pasado su máximo desarrollo, así como los barrios residenciales de las grandes ciudades. Finalmente, en el período de mistificación final, la época de los parias, aparecen desde las “ciudades dormitorio” hasta los complejos de ocio. En el ámbito de la música es igualmente visible este proceso de tránsito: inicialmente ligada a las iniciaciones mistéricas, luego como elemento de enervamiento de la casta guerrera, la música, pasó a ser un deleite de la burguesía a partir del siglo XVII, antes de ser un fenómeno de masas en el XX con fenómenos como el jazz, el pop o el rock.

Es evidente que una de las desembocaduras más importantes de esta doctrina tiene que ver con las concepciones políticas en tanto que es a través de ellas como se concreta la hegemonía de una casta sobre las demás. En la primera etapa, el dominio de los Brahamanes, se concreta en la formación de una aristocracia espiritual de reyes-sacerdotes, que gobiernan en tanto que en su naturaleza está inherente un elemento superior, no humano, una naturaleza espiritual. En una primera fase degenerativa, se produce el episodio conocido como “revuelta de los khsatriyas”: la casta guerrera no quiere limitarse a ser la segunda en la jerarquía y usurpa las funciones de gobierno: aparecen las aristocracias de la espada y la sociedad se estructura en torno a la nobleza; en una fase siguiente, es la burguesía -los vayshas- quienes al haber crecido lo suficiente y paralelamente a la degeneración de las aristocracias guerreras, colocan sus valores y linajes en el poder: es el período hegemónico de la burguesía que en Occidente se consolida a partir de la revolución francesa y se coagula en torno a los valores de “libertad, igualdad y fraternidad”; en una última fase de degeneración, distintos procesos, hacen que los engranajes impongan su poder reduccionista y masificador; estamos en el momento de hegemonía de los “sin casta”, el período nietzscheano del “último hombre” que todo lo quiere a su medida.

Las formas de organización política existentes en la actualidad son formas en las que los valores burgueses empiezan a ser residuales en relación al conjunto y donde se perciben elementos masificadores y reduccionistas en todas partes del conjunto social. El agotamiento de las fórmulas burguesas se manifiesta en la imposibilidad de hacer realidad la vieja tríada nacida con la revolución francesa: libertad, igualdad, fraternidad que, en la práctica se ha traducido en alienación, reduccionismo y explotación.

En 1917 la revolución rusa recuperó esta tríada, acusando a la burguesía de no haberlo podido hacer realidad. Se sabe lo que siguió: a las taras anteriores se añadió el autoritarismo y la brutal limitación de las libertades públicas. Cincuenta años más tarde, los estudiantes contestarios de París y de las demás capitales occidentales, se lanzaron a las barricadas enarbolando, contra el stalinismo y la democracia liberal, el viejo slogan, antes de desaparecer por la cloaca de la historia. A partir de 1970, con el fracaso de la contestación estudiantil, la contracultura y las revisiones del marxismo, el viejo ideal queda completamente desacreditado y pocos lo reclaman ya. El viejo paradigma de la democracia ha demostrado ser intraducible a términos prácticos y peligroso en tanto susceptible de caer en las peores desviaciones.

LA ESENCIA DEL ACTUAL SISTEMA POLITICO

El elemento más característico del mundo material es su posibilidad de ser dividido en unidades progresivamente más pequeñas -hasta el átomo-, idénticas unas a otras y, por tanto, mesurables. Así por ejemplo, es posible fracturar la galena en fragmentos cada vez más pequeños a medida que se les golpea; la estructura cúbica cristalina se va desestructurando en fracciones cada vez mas pequeñas que reproducen la estructura originaria; y así podríamos seguir hasta las unidades moleculares básicas, cada una de las cuales sería exactamente idéntica a todas las demás.

Esta operación permite algo tan básico y elemental como es contar las partes homogéneas: en tanto que idénticas en cualidades y formas, la suma de todas ellas nos reconstruirá la dimensión del material originario. Puede decirse que este aspecto “cuantitativo” es propio del mundo material y su característica fundamental.

Ahora bien, el hombre es algo bien diferenciado en la medida en que su constitución no es únicamente material. El elemento “cualitativo” tiene su parte importante en la amalgama de lo humano. Es lícito sumar borregos para saber el número con que cuenta una manada; difícilmente podríamos calcular el caudal de las aguas si no estuvieran sometidas todas sus partes a unas mismas leyes de la hidráulica; en efecto estos ejemplos, suponen operaciones legítimas y exactas que pueden operarse en un mundo privado de diferenciaciones cualitativas. Pero este no es el caso de lo humano.

La decadencia de la civilización occidental se evidencia en el reduccionismo de lo humano a la mera dimensión material y, por tanto, a su aspecto exclusivamente cuantitativo. Solo así puede entenderse la base de los regímenes políticos occidentales: la ley del número. La ley del número es la característica dominante de la fase del período involutivo en el que las masas son hegemónicas. El peor error de las democracias liberales ha consistido en los últimos doscientos años en admitir una igualdad entre todo el género humano, igualdad que si bien es cierta en los aspectos materiales y en los que afectan al hombre como especie animal, no lo es en absoluto en los aspectos cualitativos.

No se trata de las diferencias educativas o generadas por la diferente situación en la escala social, sino que se trata de reconocer que la igualdad es un absurdo en tanto que en lo que diferencia al hombre de otras especies, somos todos fundamentalmente desiguales. Cada uno de nosotros está mejor o peor dotado para unas u otras actividades, manifiesta su interés o su apatía respecto a tales o cuales problemas, nuestras tendencias más íntimas nos facilitan el intervenir en algunas facetas de la actividad humana e inhibirnos de otras; caractereológicamente estamos predispuestos hacia unas actividades y rechazamos otras. En consecuencias nuestras cualidades son completamente distintas.

La igualdad es, por tanto, pura ficción. Por lo demás incluso en lo que atañe a la igualdad de derechos y obligaciones, una sociedad normal debería de contemplar una honrosa desigualdad entre sus elementos constituyentes. Toda la literatura de ficción sobre mundos alienados del futuro, contempla una realidad social igualitaria y uniformizada en la que la gran masa no tiene rasgos diferenciales entre sí y el poder se empeña en acentuar tales tendencias uniformizadoras. Desde “1984” hasta las fantasías cinematográficas a lo “Zardoz”, existe toda una literatura anti-igualitaria que denuncia las tendencias reduccionistas de un problemático futuro.

Sin embargo la denuncia de los intelectuales choca con la aceptación teórica de la igualdad sobre la que se asienta el sistema democrático occidental. Efectivamente, puede decirse que los grandes principios que dieron origen a la revolución francesa y al período de las revoluciones burguesas, hoy son pura coreografía sentimental y emotiva que acompañan al hecho central del sistema democrático que es la convocatoria electoral y esta se resuelve con la mera ley del número.

Ciertamente los derechos democráticos de reunión, asociación y elección, las garantías constitucionales inherentes a los leyes centrales de los Estados, son logros que figuran en el haber de la democracia; sin embargo, pasan a segundo plano en relación al sistema electivo, cuya base es meramente numérica y en tanto que tal, injusta.

Por lo demás, hace falta plantearse hasta qué punta solamente el sistema democrático liberal es capaz de garantizar el ejercicio de tales derechos y si no será más cierto como decía Solzhenitzine durante el stalinismo que “en el Este nadie puede decir nada; en el Oeste se puede decir todo, pero no sirve para nada”, es decir si el marco democrático liberal es el más adecuado para garantizar las libertades individuales, o como se quiere plantear, el único capaz de satisfacer las necesidades humanas de libertad y las sociales de representatividad y participación.

EL MENOS MALO DE TODOS LOS SISTEMAS POSIBLES

Esta frase, mencionada por Winston Churchill, suele ser citada habitualmente por los defensores del sistema democrático liberal a modo de última trinchera. Estaríamos tentados de darle la razón sino fuera por que desde que fue enunciada han pasado más de setenta años, tiempo en el curso del cual la humanidad ha variado más que en los doscientos años anteriores y esto nos remite a la inadecuación del sistema político a la realidad actual. Pero hay algo más.

En mayo de 1968 las calles parisinas vieron todo tipo de desmanes y exageraciones, pero, a la postre, aparecieron también algunas iniciativas interesantes y, ciertamente, por última vez en este milenio, la juventud intentó tomar las riendas de la historia, siquiera en el mes antes de las vacaciones escolares. “Imaginación al poder” fue una de las consignas menos repetidas entre las barricadas -no olvidemos que lo esencial de la agitación callejera fue guiada por estudiantes marxistas-leninistas y trotskystas, con sus catecismos y libros sagrados- pero que han pasado a caracterizar aquel movimiento. Y de lo que se trata precisamente es de insuflar imaginación en un terreno como el de la política, cuya creatividad se agotó hace doscientos años.

Es imposible sostener eternamente que la democracia es el menos malo de todos los sistemas posibles y negar a la imaginación el derecho a buscar alternativas. Y, sin embargo, los gobiernos en el poder se rechazan la posibilidad de realizar reformas, por pequeñas que sean, a la actual ordenación política

LAS DEGENERACIONES DE LA DEMOCRACIA

Es fácil entender los motivos. En primer lugar el político es un profesional que vive y se alimenta gracias al sistema que le ha permitido acceder a los mecanismos de poder. Lógicamente está agradecido al sistema que le ha beneficiado y poco dispuesto a realizar modificaciones que le harían perder su situación privilegiada.

En segundo lugar, el político vive una vorágine diaria que distorsiona y limita su visión de la realidad: en realidad el político solamente tiene contacto con la realidad social durante los períodos pre-electorales en los cuales las reglas del juego implican el que deba aparecer casi necesariamente postulando votos por mercados y fábricas, puerta a puerta o a través de las calles. Acabada la campaña electoral y elegido, el candidato pasa a otro nivel de la realidad: la que limita su radio de acción a los alfombrados corredores del Parlamento, a los restaurantes de campanillas en donde recibe a periodistas, comparte cubierto con otros políticos o a los puentes aéreos en donde recibe muestras de simpatía o cuanto menos es observado con interés y curiosidad. Pero la sociedad está en otra parte.

Su quehacer cotidiano tiene mucho que ver con la aprobación de leyes de escaso interés y mínima incidencia; por otra parte, se le requiere que carezca de opinión propia, su posibilidad de volver a figurar en la lista de su partido en las elecciones siguientes, va en función de que no sea problemático y se limite a apretar el botón correspondiente, si o no, a requerimiento del jefe de grupo parlamentario. Luego están las intrigas interiores del partido, la tarea de promoción personal, el tener que recurrir a entrevistas, debates, la necesidad de asistir a fiestas sociales ineludibles, a recepciones oficiales en las que su ausencia sería objeto de comentarios. Además debe dormir un mínimo… )qué tiempo tiene un político para pensar? )cuándo puede plantearse, él o su grupo, la necesidad de algo que vaya más allá de lo inmediato y puntual? )cuándo tendrá tiempo de establecer estrategias a largo plazo que afronten problemas de prospectiva? )qué le importa como será el mundo dentro de cincuenta años y las medidas para corregir desviaciones, lacras o problemas futuros? lo único que le preocupa es el aquí y el ahora.

Nuestro pobre político no es un especialista en todo; el sadismo de sus dirigentes partidarios y del sistema radica en que se le obliga a opinar y a entender sobre cosas de las que nunca ha oído hablar, ni probablemente volverán a interesarle en su vida: un día deberá votar una ley sobre alquileres e incluso se le habrá requerido para que estruje sus neuronas en la búsqueda de la mejor ley posible; en otras votará unos farragosos presupuestos generales, él que no tiene ni idea de economía y que solo es un abogadillo de provincias; puede ser, incluso, que tenga que participar en una comisión de Defensa Nacional o de investigación sobre Sectas, o cualquier otra lindeza: él, que solo pretendía ser elegido para satisfacer su ego, para lograr un modus vivendi más cómodo para él y para sus familiares y amigos, él que está felizmente casado y se le exige su presencia en la capital del Estado lejos de sus seres queridos… Se exige de nuestro pobre político tantas cosas sobre las que no tiene ni idea, tantos esfuerzos y sacrificios, que entonces puede entenderse la aprobación continua de leyes que no tienen desembocaduras prácticas o de instituciones que se superponen unas a otras sin que sus límites queden bien diferenciados. Se dice desde el mundo clásico que un Estado es más injusto contra más leyes produce… y nuestros estados modernos se han transformado en expendedores de leyes y decretos que legislan todo lo legislable en floridos e inextricables compendios que apenas sirven para otra cosa que para judicializar la vida pública y las costumbres sociales. En varios estados de los EE.UU. las leyes tienden incluso a legislar la intimidad del lecho conyugal… Además, quienes establecen, discuten y aprueban las leyes apenas tienen idea sobre lo que legislan; puede entenderse el porqué algunas leyes son tan absolutamente imperfectas e incluso mal redactadas, incomprensibles y susceptibles de interpretaciones contradictorias, ¿qué otra cosa se puede exigir a gentes que no son especialistas?

La ley del número contribuye a acelerar el proceso degenerativo de las democracias. Dado que la elección es realizada por mayoría no cualificada, el político, para ser elegido, deberá halagar al ego de las masas. Realizará promesas de futuro radiante y esperanzador, se cuidará muy mucho de mencionar en sus discursos los aspectos problemáticos o conflictivos que pudieran repercutir negativamente en las masas, so pena de arriesgarse a no salir elegido. Si es un demagogo bien dotado, logrará cautivar a las masas y si está apoyado o es capaz de aparecer más veces que sus oponentes en los medios de comunicación, tendrá más posibilidades de salir elegido.

Pensemos por un momento en un candidato que diga a sus electores: “Mirad, queridos, nosotros que somos partidarios del libre mercado, implantaremos el despido libre y los contratos-basura por que es la primera regla del juego”. Posiblemente sería linchado en el curso de la misma campaña. Imaginemos lo que habría sucedido en 1981 si el PSOE se hubiera desembarazado de sus ambigüedades del género de “¿La OTAN? De entrada, no” y hubiera sincera su posición: “¿La OTAN? de cabeza”, o imaginemos si en 1981 la sensibilidad de la población en relación al problema de las drogas (“despenalización”) hubiera sido la misma que en 1993 (“cumplimiento completo de penas por delitos de narcotráfico”)… y es que los partidos tienen unos programas cambiantes, no en función de sus propios principios ideológicos, sino de las oscilaciones del electorado.

Por otra parte, los programas de la mayoría de partidos se parecen cada vez más unos a otros. Los partidos, con el paso del tiempo, han ido limando sus aristas: por de pronto han empezado a renunciar a los grandes sistemas ideológicos para zambullirse en el mero pragmatismo, luego la “realpolitik” y la mentalidad del electorado les ha inducido a converger en lo esencia y diverger solo en lo accesorio, encontrando los grandes motivos de colisión en aspectos concretos de gestión, no en los conceptos que rigen tal gestión. Los partidos políticos así concebidos han dejado de ser opciones ideológicas, pasando a la categoría de conglomerados de círculos de influencia, muy fragmentados interiormente y organizados en familias y tendencias que tienen como denominador común el afán por gestionar el poder y vivir bajo sus mieles,

El peligroso sistema electivo basado en la ley cuantitativa del número ha provocado una caída de nivel de la tensión política en los Estados Nacionales. Ya hemos visto a qué conduce esto: no estamos ante una democracia, sino ante una partitocracia, en la cual todo el poder pasa a través de los partidos políticos; pero )qué son hoy los partidos? No desde luego grandes estructuras repletas de cuadros y militantes; la mayoría solo existen como partidos en horas pre-electorales y son staffs proveedores de cuadros para la administración pública.

Los bajos niveles de filiación a los partidos políticos contrastan con la amplitud de las áreas de poder que se han arrogado: representan poco, cada vez menos, incluso electoralmente, en la medida en que los índices de abstención en el mundo desarrollado oscila entre el 60 y el 30%, a nivel militante su importancia es numéricamente despreciable, y sin embargo, su poder está presente en todos los ámbitos de la vida de un Estado: desde el consejo de Radiotelevisión, hasta los Ayuntamientos de barrio, pasando por las Cajas de Ahorros y así sucesivamente…. ¿cómo podemos pensar que alguna vez quienes lo tienen todo vayan a renunciar a algo por voluntad propia?

Las consecuencias de esta situación son las que todos conocemos y que están presentes tanto en nuestro país como en cualquier otro del mundo democrático: nepotismo y amiguismo, corrupción (capitulación de la política ante la economía, el individualismo y el afán de lucro), la ausencia de soluciones a corto y medio plazo, y finalmente el divorcio entre el país real y el país oficial, junto a la agudización de los procesos en crisis hoy abiertos.

MISTICA DEMOCRATICA Y ANIMISMO

Nuestra tesis es que un sistema que se asienta sobre un concepto erróneo, la ley del número, puede funcionar más o menos bien durante un tiempo, desafiando las leyes de la lógica, pero esta, antes o después se impone. Resulta sorprendente el que aun hoy la partitocracia sea incuestionable para algunos -especialmente para sus beneficiarios y para ciertos teóricos políticos poco imaginativos- toda vez que si descendemos a sus rituales concretos, adquiere el problemático aspecto de una religión animista propia de pueblos primitivos. Obsérvese sino.

Ya hemos dicho que la partitocracia tiene como vector fundamental el reduccionismo de lo humano a lo meramente cuantitativo (un hombre, un voto), algo que resulta excesivamente pobre y deslucido para que pudiera tener eco en los cenáculos intelectuales. Hacía falta envolver este concepto de un halo místico y de un envoltorio que recubriera su banalidad intrínseca.

Los teóricos de la democracia proclaman que este es el mejor sistema para hacer valer la “soberanía popular”, un concepto difícilmente definible pero que vendría a estar implícito en el mismo concepto de la democracia entendida como “mando del pueblo”. Pero “el pueblo”, que no puede mandar directamente, delega su “voluntad” en unos representantes que son investidos en una ceremonia y en los cuales, la suma de las voluntades populares se hipostatiza y adquiere el carisma de una legitimidad para ejercer el mando. Observar detenidamente el proceso es importante por que veremos hasta qué punto refleja la existencia de un arquetipo iniciático y animista laicizado.

Las campañas electorales renuevan y vivifican la “voluntad popular”, tienen sus ritos específicos e ineludibles: el mitin, la ceremonia de instauración de la primera piedra (en este caso la primera pegada de carteles), la postulación de los candidatos, los duelos singulares considerados como los juegos olímpicos antiguos como aquellas pruebas en donde el “justo” evidencia su estado frente al “injusto”. A esto sigue una “jornada de reflexión” equivalente al período de ayuno y abstinencia inmediatamente anterior a cualquier ceremonia iniciática, capaz de conferir pureza y serenidad. Y al igual que en estos ritos de paso, la ceremonia viene precedida por la estancia en una “cámara oscura”, en soledad, en donde se madura el acto que va a realizarse. Los masones antes de entrar en logia para ser iniciados en el grado de Aprendiz redactan en la cámara oscura su “testamento filosófico” y los electores en una sala parecida meditan por última vez la importancia de su opción. Luego cierran el sobre y acuden a la mesa electoral siguiendo un ritual que termina con el tradicional “!ha votado!” pronunciado por el sacerdote oficiante con el visto bueno de los vigilantes enviados por los distintos partidos. A una hora concreta, ni antes ni después, tiene lugar el recuento de votos, la ruptura de los sellos de las urnas: las “voluntades populares”, traspasadas a la papeleta después de un ritual mágico cuidadosamente establecido (campaña, jornada de reflexión, cámara de meditación, cierra del sobre, entrega en urna) se suman, dejan de ser patrimonio de las unidades individuales que las han depositado y se transforman en una entidad común gracias a la cual, mediante otra operación mágica -el acto de investidura- se hipostatizan sobre los señores diputados o los cargos electos. Estos, por mor de este ritual, se convierten automáticamente en inviolables e infalibles: inviolables por que a ellos no llega la jurisdicción ordinaria que sí llega al común de los mortales, infalibles porque solo ellos y nada más que ellos tienen el privilegio de -iluminados por la “voluntad popular”- redactar normas y leyes, han devenido “el Legislador”… Claro está que, como en todo rito mágico, la fuerza que los ha investido, se agota, y es preciso actualizarla nuevamente mediante la reiteración de la ceremonia descrita en todos sus pasos.

Y todo esto para un sistema en crisis… en realidad los chamanes no complicaban tanto la vida.

PENSAR ALTERNATIVAS

Todo esto es algo más que un chiste o una manipulación: es nuestra realidad cotidiana. Una realidad que ha dejado de funcionar. No somos nosotros quienes lo afirmamos, ni siquiera transmitiendo la opinión de una opción política concreta, son instituciones situadas por encima del mundo de la política cotidiana, como el “Club de Roma”, quienes han lanzado el grito de alarma desde las primeras muestras de esclerosis del sistema político en 1968. En su informe “La primera revolución global” los miembros de tan distinguida sociedad de sabios se planteaban: “¿Son capaces de enfrentarse a semejante situación los tradicionales sistemas políticos, institucionales y administrativos?” y tardaban unas pocas páginas en responder que no, que no lo son. Dicen, por ejemplo: “La creciente obsolescencia es, pues, una característica fundamental de la gobernación actual. Sus estructuras fueron diseñadas en lo esencial hace más de un siglo para satisfacer las necesidades de sociedades mucho más simples que la presente” y más adelante nos confirman en el diagnóstico ya emitido: “Los dirigentes nacionales se hallan tan atosigados por apremiantes problemas cotidianos y apagando fuegos políticos, que no tienen ni el tiempo ni la detallada información que precisarían para ocuparse en profundidad de la extraordinariamente amplia gama de políticas interrelacionadas que implica el gobierno contemporáneo”. La incapacidad de los actuales gobiernos para afrontar los cambios es igualmente denunciada: “Los gobiernos raramente generan innovación. Reaccionan a las presiones en favor del cambio que derivan de las demandas populares, bien mediante el proceso democrático de unas elecciones, o bien en las secuelas de una revolución triunfante”; denuncian la corrupción tenida hasta hace poco como una excepción en la clase política: “En muchos países, la corrupción política y la corrupción moral alcanzan niveles muy elevados y no dejan de aumentar. Su erradicación es esencial como requisito previo para el desarrollo de un gobierno eficaz y justo”.

A los cerebros del Club de Roma no se les escapa que esta situación de impass y empantanamiento en la crisis se debe a que las fuerzas económicas se sienten muy favorecidas con un poder político que habitualmente come de la mano y que les sirve de caja de cambio entre la economía y la gobernación. Ni un solo partido político mayoritario cuestiona las leyes del libremercado; siempre que se intenta corregir el mercado se hace en función de los intereses económicos de los poderosos y en detrimento de las clases populares que bastante tienen con ir a votar una vez cada cuatro años aun a pesar que su situación económica sea asfixiante.

No es raro pues que el Club de Roma realice finalmente un llamamiento que se nos antoja limitado pero marcado por la época; en realidad, este club de cerebros ya ha ido más allá de lo tolerable denunciando el callejón sin salida y la catástrofe que nos espera al final del camino. A decir verdad es la primera vez que se cuestiona la validez universal de la democracia liberal más allá del fascismo y del comunismo; son lógicas las prudencias y los límites autoimpuestos por el Club de Roma. Tienen razón, eso sí, en augurar por una resolución de los conflictos a escala mundial y por una propuesta para introducir el humanismo en la política a fin de paliar “la notoria pérdida de confianza en las personalidades y los partidos políticos, el desprecio a la burocracia, la abstención electoral y un distanciamiento generalizado entre el sistema y la sociedad”. Claro está que no queda claro cuales serán los nuevos procedimientos para asegurar la gobernabilidad y, sobre todo, los mecanismos de tránsito del actual impass a una situación más flexible. Por otra parte, bien es cierto que parece excesiva la confianza puesta por el Club de Roma en las instancias internacionales que, como las NN.UU. parecen cautivas por la resolución de la lucha por la hegemonía mundial a favor de los EE.UU.

En la introducción a la edición española de “La primera revolución global”, el prólogo es suficientemente significativo y no deja lugar a dudas: “La catástrofe se avecina. Sólo un radical cambio de rumbo puede evitarla”.

Hasta ahora el Club de Roma y algunos intelectuales aislados han oficiado a modo de Casandras, augurando desastres y viendo lo poco o nada que se hacía para evitarlos. Ahora ya es preciso algo más que denuncias, es preciso pensar en positivo. La hora de la profecía desoída ha sido sustituido por la hora de la propuesta necesaria.

LA POLITICA DE LA EDAD DE ORO Y DEL ACUARIO

Saltar de lo cuantitativo a lo cualitativo; pasar de la igualdad amorfa a la desigualdad cualificada; desmasificar el mundo de la política, purgarlo de la caterva de oportunistas, demagogos, corruptos y mediocres; liberar la política de la economía; superar definitivamente la pesadilla que para la mayor parte de la población supone la economía de mercado; crear estructuras de gobierno desburocratizadas, estables, capaces de planificar a largo plazo y de gestionar lo cotidiano; desembarazarse de los prejuicios “progresistas”, humanistas y sentimentaloides; establecer como norma política la competencia y la responsabilidad; sustituir el equilibrio de poderes por el equilibrio entre derechos y obligaciones: más alto es un puesto de gobierno, más altos son las responsabilidades y obligaciones que debe aceptar; sustituir los partidos políticos por estructuras orgánicas de afinidad… tales serían algunos de los principios rectores de una “nueva política”.

En el tránsito del actual ciclo histórico a lo que se ha dado en llamar futura Era de Acuario, caerán los actuales valores que se verán sustituidos por los que constituyen el eje Acuario y su complementario Leo. Se asocia el contenido de la Era de Acuario a la humanidad y se colige finalmente que, cuando empiecen a notarse los síntomas del nacimiento de la “nueva era”, estos se identificarán con los del humanismo. Ahora bien, esto sin dejar de ser cierto, merece ser matizado. Como se sabe, el signo complementario de Acuario es Leo, la jerarquía, el mando y el fuego. Difícilmente encontraríamos dos signos tan complementarios como estos; si en la Era de Piscis, el símbolo de los peces encontró en el cristianismo su complemento en Virgo y en el papel desmesurado de la Virgen María en la iglesia, al margen de su papel secundario en los Evangelios, igualmente los valores de Leo pesarán y contrarrestarán los propios del humanismo acuariano, introduciendo en él un factor de corrección. Tal es la opinión de los astrólogos y ciclólogos.

Por nuestra parte estamos convencidos que es preciso incorporar algunos elementos dispersos de la doctrina platónica cuya idoneidad nos parece cada vez más obvia. En principio, la complejidad de los problemas de la sociedad moderna implica para afrontarlos una adecuada preparación: el político, es decir, aquel sobre el que recae la responsabilidad de guiar a la comunidad a través de la historia, no puede ser un aficionado, alguien que se dedique por ambición o voluntad de poder a estar en el palmarés durante unos años, para luego rentabilizar esta presencia pasada en la empresa privada. Concebimos una clase política estable, arraigada en unos sólidos principios de carácter solidario, casi como si de una orden religiosa se tratase. Esta clase política, detentadora del poder supremo, debería de realizar la renuncia suprema: carecer de propiedad privada y familia, estar sólidamente arraigada a los valores emanados del signo del León.

En escalones más básicos de la sociedad permanecerían sistemas electivos que permitieran rotación de direcciones, en tanto que se trata de escalones menos decisivos para la marcha de la comunidad. Con todo debería instaurarse la idea de una democracia cualificada: voto solo para aquellos que lo solicitaran específicamente, primar formas de organización diferentes a los partidos políticos, tender a formas orgánicas de participación, considerar los episodios de corrupción como alta traición a la comunidad; el principio sería: unidad de poder y autonomía de las partes a cambio de su compromiso de fidelidad y de la afirmación de objetivos comunes entre la Unidad y sus Partes. Autoorganización y nuevo orden jerárquico, tales serían las aportaciones derivadas específicamente del carácter Acuariano y humanista del nuevo ciclo histórico.

 

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