CIVILIZACIONES DEL TIEMPO Y CIVILIZACIONES DEL ESPACIO – Julius Evola

CIVILIZACIONES DEL TIEMPO Y CIVILIZACIONES DEL ESPACIO
Julius Evola

Biblioteca Evoliana.- Evola en este ensayo recupera una temática que ya había tocado
René Guénon en su obra "El Reino de la Cantidad y los Signos de los Tiempos": las
civilizaciones del espacio contrapuestas a las civilizaciones del tiempo, las primeras
devoran el tiempo, las segundas el espacio, las primeras son tradicionales, las segundas
modernas. El artículo ha sido publicado en castellano en la web rusa Arctogaia ,
originariamente fue publicado en la revista "Il Regime Fascista" en 1935 e incluido en
1968 en la recopilación de ensayos de Evola publicada con el nombre de "El Arco y la
Maza".
Las huellas que subsisten -tan sólo en piedra la mayoría de los casos- de algunas
grandes civilizaciones de los orígenes ocultan a menudo un sentido raramente
comprendido. Ante lo que queda del mundo grecorromano más arcaico, y aún más allá,
de Egipto, de Persia o de China, hasta los misteriosos y mudos monumentos megalíticos
esparcidos por los desiertos, los montes y los bosques, como últimos vestigios visibles e
inmóviles de mundos sepultados y desaparecidos -y, como límite, en la dirección opuesta
de la historia, hasta ciertas formas de la Edad Media europea-, ante todo ello, uno llega a
preguntarse si la milagrosa resistencia al tiempo de estos testimonios, dejando de lado la
favorable ayuda de circunstancias externas, no contiene además un significado simbólico.
Esta impresión se acentúa si se piensa en el carácter general de la vida de las
civilizaciones a las que pertenecen la mayoría de estos vestigios, es decir, al carácter
general de la vida llamada "tradicional". Es una vida que permanece idéntica a través de
los siglos y las generaciones, con una fidelidad esencial a los mismos principios, al mismo
tipo de instituciones, a la misma visión del mundo; susceptible de adaptarse y de
modificarse exteriormente frente a acontecimientos calamitosos, pero inalterable en su
núcleo, en su principio animador, en su espíritu.
Un mundo así parece remitirnos sobre todo a oriente. Piénsese en lo que eran, hasta
épocas relativamente recientes, China y la India, y el propio Japón hasta hace muy poco.
Pero, en general, más nos remontamos en el tiempo, más se resiente el vigor, la
universalidad y la potencia de este tipo de civilización, hasta el punto de que oriente
acaba por ser considerado como la parte del mundo en que, por circunstancias fortuitas,
ésta ha podido subsistir durante más tiempo y desarrollarse mejor. En este tipo de
civilización, la ley del tiempo parece estar en parte suspendida. Más que en el tiempo,
estas civilizaciones parecen haber vivido en el espacio. Han tenido un carácter "acrónico".
Según la fórmula hoy en día de moda, estas civilizaciones habrían sido "estacionarias",
"estáticas" o "inmovilistas". En realidad, son éstas civilizaciones en las que incluso los
vestigios materiales parecen destinados a vivir durante más tiempo que todas las
creaciones o todos los monumentos del mundo moderno, que, sin excepción, son
impotentes para durar más de medio siglo, y a propósito de los cuales los términos
"progreso" y "dinamismo" significan solamente una sumisión a la contingencia, al cambio
incesante, un rápido ascenso y un declive también rápido y vertiginoso. Se trata deprocesos que no obedecen a una verdadera ley interna y orgánica, que no se mantienen
en límite alguno, que se tornan autónomos y se yuxtaponen incluso a los factores por los
que se han visto favorecidos: he ahí la principal característica de este mundo diferente, en
todos los sectores que lo componen. Pero ello no impide que se haga de él una especie
de criterio de medida respecto a todo lo que tendría derecho, en el sentido más amplio, a
llamarse "civilización" en el marco de una historiografía que hace suyos los juicios de
valor arrogantes y despreciativos del genero de aquéllos a los que hemos aludido.
A este respecto, es típico el equívoco de quienes entienden por inmovilidad lo que tenía,
en las civilizaciones tradicionales, un sentido muy diferente: un sentido de inmutabilidad.
Estas civilizaciones fueron civilizaciones del ser. Su fuerza se manifiesta justamente en su
identidad, en la victoria sobre el devenir, sobre la "historia", sobre el cambio, sobre la
fluidez informe. Son civilizaciones que descendieron a las profundidades y que
establecieron sólidas raíces, más allá de las aguas peligrosas en movimiento.
La oposición entre las civilizaciones modernas y las civilizaciones tradicionales puede
expresarse del siguiente modo: las civilizaciones modernas son devoradoras del espacio,
mientras que las civilizaciones tradicionales fueron devoradoras del tiempo.
Las primeras dan vértigo por su fiebre de movimiento y de conquista del espacio,
generadora de un inagotable arsenal de medios mecánicos capaces de reducir todas las
distancias, de acortar todo intervalo, de contener en una sensación de ubicuidad todo lo
que está esparcido en la multitud de los lugares. Orgasmo de un deseo de posesión;
angustia oscura ante todo lo que está alejado, aislado, lejano, profundo; impulso a la
expansión, a la circulación, a la asociación, deseo de encontrarse en todas partes,
aunque jamás en uno mismo. La ciencia y la técnica, favorecidas por este impulso
existencial irracional, a su vez lo refuerzan, lo alimentan, lo exasperan: intercambios,
comunicaciones, velocidad por encima del muro del sonido, radio, televisión,
estandarización, cosmopolitismo, internacionalismo, producción ilimitada, espíritu
americano, espíritu "moderno". La red se extiende rápidamente, se afirma, se perfecciona.
El espacio terrestre ya no ofrece prácticamente ningún misterio. Las vías terrestres,
marítimas, aéreas, están abiertas. La mirada humana ha sondeado los cielos más
alejados, lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño. Ya no se habla de otras
tierras, sino de otros planetas. Una simple orden y se produce la acción, fulminante, allí
donde deseamos. Tumulto confuso de mil voces que poco a poco se funden en un ritmo
uniforme, atonal, impersonal. Son éstos los últimos efectos de lo que se ha denominado la
vocación "fáustica" de occidente, la cual no escapa al mito revolucionario bajo sus
diferentes aspectos, incluido el aspecto tecnocrático formulado en el marco de un
degradado mesianismo.
A la inversa, las civilizaciones tradicionales dan vértigo por su estabilidad, su identidad, su
intangible e inmutable firmeza en medio de la corriente del tiempo y de la historia, si bien
fueron capaces de expresarse en formas sensibles y tangibles como un símbolo de la
eternidad. Ellas fueron islas, relámpagos en el tiempo; en ellas actuaban fuerzas que
consumían el tiempo y la historia. Por ese mismo carácter que les es propio, es inexacto
decir que "fueron". Se debería decir, más justa y simplemente, que son. Si parecen
alejarse y desvanecerse en las lejanías de un pasado que incluso a veces posee rasgos
míticos, ello no es sino efecto de la ilusión a la que necesariamente sucumbe quien se ve
transportado por esa corriente irresistible que lo aleja cada vez más de los lugares de la
estabilidad espiritual. Por lo demás, esta imagen corresponde exactamente a la imagen
de la "doble perspectiva" dada por una antigua enseñanza tradicional: las "tierras
inmóviles" huyen y se mueven para aquél que es arrastrado por las aguas; las aguasmudan y huyen para quien está firmemente anclado en las "tierras inmóviles".
Comprender esta imagen, refiriéndola no ya al plano físico sino al plano espiritual,
significa percibir también la justa jerarquía de los valores, desde el momento en que la
mirada trasciende el horizonte en el cual están encerrados nuestros contemporáneos. Lo
que parecía pertenecer al pasado se hace presente, debido a la relación esencial que une
las formas históricas (y, como tales, contingentes) a sus contenidos metahistóricos. Lo
que se había juzgado "estático" se revela saturado de una vida pletórica. Los vencidos,
los descentrados, son los otros. Primacía del devenir, historicismo, evolucionismo,
aparecen como los delirios de un náufrago, como verdades apropiadas para quien huye
(¿hacia dónde huís, imbéciles?, dijo Bernanos), para quien está privado de consistencia
interior e ignora esta consistencia, para quien no conoce la fuente de toda verdadera
elevación y de toda conquista efectiva, conquistas que no solamente fueron
culminaciones espirituales intangibles y a menudo invisibles, sino que se expresaban
igualmente en los hechos, en las epopeyas, en los ciclos de civilización que,
precisamente, incluso en sus pétreos vestigios mudos y dispersos, parecen reflejar algo
intemporal, eterno. A lo cual se añaden además ciertas creaciones artísticas tradicionales,
monolíticas, rudas y potentes, extrañas a todo lo que es subjetivo, casi siempre anónimas,
como prolongaciones de las propias fuerzas elementales.
Es preciso en fin recordar cuál fue, en las civilizaciones tradicionales, la concepción del
tiempo: no una concepción lineal, irreversible, sino una concepción cíclica, periódica. Del
conjunto de costumbres, ritos e instituciones propias ya a las civilizaciones superiores, ya
a las huellas de éstas en ciertos pueblos llamados "primitivos" (a este respecto se puede
acudir a los materiales recopilados por la historia de las religiones: Hubert, Mauss, Eliade
y otros), surge la intención constante de reconducir el tiempo a los orígenes (de donde la
idea de ciclo), en el sentido de una destrucción de lo que, en él, es simple devenir, de
frenarlo, de hacerle expresar o reflejar estructuras supra-históricas, sagradas o
metafísicas, a menudo ligadas al mito. De esta forma, y no como "historia", el tiempo -en
tanto que "imagen móvil de la eternidad"- adquiere valor y sentido. Regresar a los
orígenes significa renovarse, beber de la fuente de la eterna juventud, afirmar la
estabilidad espiritual frente a la temporalidad. Los grandes ciclos de la naturaleza
sugerían esta actitud. La "conciencia histórica", inseparable de la situación de las
civilizaciones "modernas", no confirma sino la fractura, la caída del hombre en la
temporalidad. Y sin embargo es presentada como una conquista del hombre actual, es
decir, del hombre crepuscular.
No es extraño que ciertos descubrimientos, en el origen de las concepciones generales
destinadas a revolucionar una época, incluso cuando entran en el dominio de una
presumible objetividad científica, tengan carácter de síntoma, aunque su aparición en un
determinado período, y no en otro, no sea fruto del azar. Para referirnos, por ejemplo, a la
ciencia de la naturaleza, es más o menos conocido por todo el mundo que según la última
teoría en boga -Einstein y sus continuadores- es indiferente afirmar que la Tierra gire
alrededor del Sol, o a la inversa: tan sólo es cuestión de preferir una mayor o menor
complicación de los cálculos astrofísicos en la fijación de los sistemas relacionales. Ahora
bien, es muy significativo que el "descubrimiento copernicano", con el cual el hecho de
que la Tierra sea el centro fijo e inmóvil de las entidades celestes deja de ser "cierto"
-mientras que se hace "verdad" lo contrario, que es ella la que se mueve, que su ley
consiste en errar en el espacio cósmico como parte insignificante de un sistema disperso
o en expansión hacia lo indefinido- se haya producido más o menos en la época del
Renacimiento y del humanismo, es decir, en la época de los trastornos más decisivos
para el advenimiento de una nueva civilización, en la cual el individuo debía perder poco apoco toda relación con lo que "es", debía alejarse de toda centralidad espiritual hasta
hacer suyo el punto de vista del devenir, de la historia, del cambio, de la corriente
incoercible e imprevisible de la "vida" (y lo más singular es que, al comienzo de esta
revolución, existía por el contrario la pretensión -la ilusión- de haber descubierto
finalmente al "hombre", de afirmarlo y glorificarlo, de donde el término "humanismo"; en
realidad, fue una reducción a lo "simplemente humano", con un empobrecimiento de la
posibilidad de una apertura y de una integración a lo "más que humano").
No es éste el único de los trastornos simbólicos que podrían indicarse a este respecto. En
el ejemplo ofrecido -la "revolución copernicana"- debe ser precisado un punto: en el
mundo tradicional, ninguna verdad llamada "objetiva" era importante; verdades de este
género podían ser igualmente tomadas en consideración, aunque accesoriamente, y ello
a causa de su relatividad efectiva, por un lado, y de su valor humano, por otro, teniendo
en cuenta criterios de oportunidad con respecto al sentimiento general. Una teoría
tradicional de la naturaleza podía ser entonces "errónea" desde el punto de vista de la
ciencia moderna (en uno de sus estadios), pero su valor, la razón por la cual había sido
adoptada, consistía en su capacidad para servir de medio expresivo a algo cierto sobre un
plano diferente y más interesante. Por ejemplo, la teoría geocéntrica captaba en el mundo
de las apariencias sensibles un aspecto adecuado para servir de soporte a una verdad de
otra especie e inatacable: la verdad concerniente al "ser", la centralidad espiritual, como
principio de la verdadera esencia del hombre.
Esto bastará para aclarar morfológicamente la oposición entre civilizaciones del espacio y
civilizaciones del tiempo. Sería igualmente fácil deducir de esta oposición la antítesis
correspondiente, tipológica y existencial, entre el hombre del primer tipo de civilización y el
hombre del segundo. Y si se debiera pasar al problema de la crisis de la presente época,
apoyándonos sobre lo que ha sido dicho, la inutilidad de cualquier crítica, de cualquier
reacción o cualquier veleidad de acciones rectificadoras aparecería muy claramente, en
tanto que, en el hombre mismo o, al menos, en un cierto número de hombres capaces de
ejercer una influencia decisiva, no se produzca un cambio interior de polaridad -una
metanoia, por retomar el término antiguo, en el sentido de un desplazamiento hacia la
dimensión del "ser", de "lo que es", dimensión que se ha perdido y disuelto en el hombre
moderno hasta el extremo de que son muy raros los que conocen la estabilidad interior, la
centralidad, y, en consecuencia, también la seguridad calma y superior; mientras que, a la
inversa, un oculto sentimiento de angustia, de inquietud y de vacío se extiende cada vez
más a pesar del empleo sistemático a gran escala y en todos los dominios de los
sedantes espirituales recientemente inventados. Del sentido del "ser", de la estabilidad, no
podría no provenir de forma natural el sentido del límite, como principio, en un dominio
igualmente más exterior, para reafirmarse sobre las fuerzas y los procesos aún más
potentes que aquéllos que desconsideradamente los pusieron en movimiento en la
temporalidad.
Pero considerando la situación en su conjunto, permanece como algo problemático poder
encontrar sólidos puntos de apoyo en una civilización que, como la civilización moderna,
es en todo y para todo, en una medida sin precedentes en el pasado, una civilización del
tiempo. Por otra parte, es evidente que en tal caso se tendría, más que una rectificación,
el fin de una forma y el nacimiento de una nueva forma. Así, razonablemente, y por regla
general, no se pueden considerar sino orientaciones diferentes en ciertos dominios
particulares y, sobre todo, aquello que pocos hombres diferenciados, como si
despertaran, aún pueden proponerse y realizar invisiblemente2.
NB:1. Civiltà del tempo e civiltà dello spazio, aparecido originalmente en Il Regime Fascista,
X, 20/4/1935. Incluido en L'arco e la clava, Milano, Vanni Scheiwiller, 1968, 1971. Trad.
francesa: L'Arc et la massue, Puiseaux, Pardes, y París, Guy Trédaniel-La Maisnie, 1983.
Incluido en Diorama Filosofico. Problemi dello spirito nell'etica fascista. Antologia della
pagina speciale di "Regime Fascista" diretta da Julius Evola. Vol. 1: 1934-1935, Roma,
Ed. Europa, 1974. Incluido en I tempi e la storia, Roma, Fondazione Julius Evola,
Quaderni di testi evoliani, nº 16, 1982. Trad. alemana: Kultur der Zeit und Kultur des
Raums, en Europäische Revue, XII, 7/1936, p. 564. Trad. belga: Warum tijdbeschavingen
en ruimbeschavingen een verschillende geschiednis hebben, en Teksten, Kommentaren
en studies, nº 57. Trad. francesa: Civilisations du temps et civilisations de l'espace, en
Totalité, nº 11, 1980). Traducción: G.E.T.V., 1995.
2. A este tipo diferenciado, definido por la posesión de la dimensión del "ser", se refieren
las orientaciones existenciales adaptadas a una época de disolución, como la época
actual, ofrecidas en nuestra obra Cavalcare la tigre (trad. cast.: Cabalgar el tigre,
Barcelona, Nuevo Arte Thor, 1987).
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