Los desterrados hijos de Eva

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A veces me sorprendo cuando escucho muchas afirmaciones, especialmente de aquellos que provienen de la Wicca (aunque para hacer justicia, aquellos que surgen de las líneas Tradicionales de la Wicca, parecen poseer mayor comprensión sobre el asunto) con respecto al Paganismo y muy concretamente la Brujería. Pareciese que equiparan de forma casi incondicional el Paganismo a la Brujería, hablando de la pre-cristiandad del continente europeo, las religiones antiguas y ¡¡como no!! los Dioses paganos.

Desgraciadamente las personas modernas, acostumbradas al etiquetaje y la “seguridad” parecieran no estar conformes en caso de no ver algo correctamente señalado, sin (o con pocas) bifurcaciones, y sobre todo que posea nombre, de lo contrario ¡¡tiremos de la imaginación y se lo ponemos!! Afortunadamente, existen algunos senderos pocos definidos, contradictorios y muchas veces irónicamente confusos que sirven para desviar al profano e “iluminar” a aquel que sabe distinguir el hilo que desciende de la Rueca Primigenia, madre de todos los Clanes, o al menos, iluminar a aquel que aún no encontró la hebra pero que está señalado para encontrarla. Donde todos los caminos se cruzan y donde la Cueva abre su garganta para conducir al reino en donde manan los ríos de leche.

En este proceso de “etiquetaje” a muchos neo-paganos les encantan inventar historias, u olvidar, a veces, la historia y rellenar dichos olvidos con afirmaciones que, como quien no quiere la cosa, señalen a una finalidad que les interese, o que crean oportuna, en su conocimiento o desconocimiento. La más común es relacionar la Brujería con las Religiones Paganas de la Europa pre-cristiana.

Lo cierto es que guste o no la Brujería en su origen fue una práctica al margen de la Religión del Estado en diversas sociedades, especialmente en las Grecolatinas. No solo eso, sino que muchas veces, la Brujería podía ser directa y/o indirectamente perseguida por aquellos Estados, en una época tan pre-cristiana como la que más, y en unos tiempos en los que aún faltaban varios siglos para que diera lugar el advenimiento de la religión extranjera, su Iglesia y sus posteriores persecuciones.

En el mundo pagano Clásico obtenemos claramente dos diferentes “clases de magia”, al menos dentro del paradigma de aquella sociedad, la primera y más importante (no por ser mayoritaria, sino por ser la más aceptada por el Estado) era aquella vinculada a los agurios. Los romanos sufrían de una sutil paranoia por todo aquello ligado a los oráculos y se interesaban por ellos tanto dentro de sus fronteras como fuera, investigando sistemas de la misma índole en todas las culturas en las que se entrometían desde Europa hasta Asia, pasando por África. Los Griegos, por su parte, aunque idénticos a los romanos en este sentido, ciertamente poseían la famosa peculiaridad del Oráculo de Delfos. En estas mismas sociedades existía una segunda clase de magia, presente aunque a menudo proscrita, y es aquella que provenía de las Maleficae (Brujas, Hechiceras). El caso más famoso son los de Medea y Circe, casi más (para nuestro interés) el caso de Medea, una hechicera y adoradora de Hécate y que por ende supone un claro e histórico caso de Hechicería y Culto de Brujería en el mundo Clásico Antiguo:

No, por la Soberana a la que yo venero por encima de todas y a la que he elegido como cómplice, por Hécate, que habita en las profundidades de mi hogar, ninguno de ellos se reirá de causar dolor a mi corazón…

(Eurípides, Medea, en Tragedias I. Pag 87)

Esto estaba lejos de ser un caso aislado, como afirma el conocido escritor Caro Baroja en su libro “Hechicería Grecolatina” (Alianza Editorial). Según sus investigaciones, en el mundo Grecolatino Antiguo, casi al margen de la ley, las Hechiceras se reunían por la noche, a menudo en Luna Llena, para llevar a cabo sus fiestas y encantamientos, además, añade con rotundidad, se consideraban sacerdotisas de Diosas como Hécate, Selene y Diana.

El desprecio por la Brujería en los Estados Griego y Romano Antiguo, en épocas anteriores a Cristo, se hace palpable en escritores como Teócrito, Apuleyo, Ovidio, Homero y Petronio ¿Quién no ha leído la Odisea y ha sido testigo del enfrentamiento entre Odiseo (en latín Ulises) y Circe? Recordemos que incluso los propios Dioses del Estado Griego, en la Mitología Heroica Griega, se opusieron a la Bruja Circe cuando Odiseo, camino al hogar de Circe, recibió la visita de Hermes, mensajero de los Dioses, quien enviado por Zeus, le dio la hierba con la que podría resistir la magia de la “malvada Bruja”.

Lejos de mantenerse este fenómeno únicamente en Grecia y Roma, el Antiguo Testamento (anterior a Cristo y por ende a la Iglesia, para aquellos que consideran que únicamente la Iglesia atentó contra la Brujería por razones socio-políticas y religiosas) observamos diversos desprecios a la Brujería en las sociedades semíticas: No dejarás Hechicera con Vida (Éxodo 22:18). Igualmente, en el primer libro de Samuel, observamos que el rey Saúl acudió, contradiciendo sus propias leyes, a la Bruja de Endor para contactar con Samuel y consultarle sobre la guerra contra los Filisteos. Observamos claramente dos cosas, la primera (y la llamativa en el tema al que me refiero) es la existencia de leyes anti-Brujería en el X A.d.n.e. en el Reino de Israel impuestas ya desde su primer rey; el rey Saúl. La segunda cosa (como aporte curioso) es que Israel se pasaba sus propias leyes por el forro… ( ).

Pero volvamos a la Europa pagana nuevamente, esta vez a las sociedades Nórdicas. Existe un poema, en el complejo mitológico Escandinavo, llamado “el Hávamál” o “Los Dichos de Hár” (Hár es Odín). Dicho poema esta diseñado en épocas anteriores al Cristianismo. En este poema se describe del Código de conducta social optimo de las sociedades Escandinavas durante las épocas paganas, además de otras cosas, en la parte final del largo compendio, enumera una serie de afirmaciones sobre diversos “hechizos” que él (Odín) conoce. Cito textualmente:

Sé el décimo, si veo brujas volar por el aire: hago de tal forma que vuelen descarriadas, no encuentran su propia forma, no encuentran su propio juicio.

Otro ejemplo, relacionado con la misma cultura, lo volvemos a ver en la Mitología a lo largo de la historia de la Bruja Vanir Gullveig. La historia nos cuenta que los propios Dioses Aesir, en el centro de Gladsheim, en Asgard, hicieron una hoguera a la que arrojaron a esta Bruja. Sin embargo ella renació de las cenizas, y nuevamente la volvieron arrojar a las llamas, así hasta un numero de tres veces. Al verla inmortal los Dioses Ases, capitaneados por Odín, decidieron desistir de sus intentos y aceptarla. Desde entonces Gullveig pasó a ser conocida como Heid (la Brillante).

Para los más interesados en la proscripción de la Brujería en plena era pagana, le animo a ahondar en lo ya expuesto y acudir a casos similares en otras culturas paganas, os daré pistas: Persas, Babilonios, Cartaginenses.

Observará el lector que es además de falsa, ridícula e incompleta no únicamente la afirmación de que la Brujería fue perseguida únicamente por la Iglesia, sino también es bastante inexacta la comparación de Brujería (tanto en su aspecto hechiceril, como religioso, pues el repudio fue para ambos casos) con las religiones paganas y “de Estado” en la pre-cristiandad.

Por gracia o desgracia el culto a los Viejos Señores del Arte, los anfitriones del Sabbath, y la pertenencia al propio Arte ha sido algo sobradamente detestado a lo largo, no de dos mil años, sino a lo largo de (al menos) los últimos cuatro mil años. Si bien es cierto que la Iglesia mostró un interés muy particular en la destrucción, no únicamente de la Brujería, sino de cualquier resto del Paganismo, también es cierto que la Brujería, desarrollada en distintas esferas sociales, aunque con especialidad en las rurales, fue un culto a veces prohibido, a veces “mal visto”, a veces combatido o semi-combatido, o simplemente criticado, desde hace mucho, mucho, mucho tiempo.

Expulsados de la sociedad, de templos, cielos y olimpos, la Brujería, las Brujas y los Brujos, y los propios Dioses de la Brujería han dormido en lomos de la Serpiente Roja, signo de un linaje incierto, escondidos tras las Colinas en las noches más oscuras y protegidos por el más pálido brillo de luz lunar, al margen, muy al margen, de Dioses varios o Dioses Únicos y verdaderos, desde que la Historia se escribe en papel o pergamino.

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